No hace mucho tenía cerca una montaña altísima, que no era otra sino el Teide. Ya no olvidaré sus metros: 3718. Aquí cerca tengo el San Lorenzo, monte que me gusta ver en primavera y en otoño, siempre que el día esté despejado. Me gusta ver su silueta.
Cuando no tenía las montañas cerca, las echaba de menos, y así aprendí a valorar los accidentes geográficos que estaban unidos a mis raíces. Y es que en la meseta la tierra era plana, tanto que me producía tristeza. Cuando regresaba a casa, en el momento en que empezaba a ver las primeras montañas, sentía una enorme alegría.
He subido muchas montañas. La peor experiencia fue ascender a la cima del San Lorenzo cuando estaba cubierto de nieve. Eso sólo consiguió que odiara mucho más aún la nieve. Es que alguien me lo recordó no hace muchos días, alguien que hoy iba a ir al monte, ¿aprovechando el día internacional de las montañas o es una mera coincidencia? Pero esa persona me recordó el fatídico día en que subimos al San Lorenzo.
Alguna vez he comentado por aquí que en mi colegio siempre me apuntaba a todas las acampadas. Cuando entras en contacto con las montañas, te magnetizan de tal forma que siempre deseas volver a ellas. Las acampadas eran brutales porque nos pasábamos horas caminando sin parar. Cuesta al principio, ya que después te acostumbras. Cuando estás arriba, respirando un aire purísimo y con el mundo a tus pies, te olvidas de todo: del cansancio, de la caminata, de las horas. Compensa. De hecho, cuando terminé el colegio, echaba de menos el contacto con las montañas. No es lo mismo verlas como si se tratara de una postal, que adentrarse en ese mundo casi mágico.
Cuando acampamos en Valdezcaray era un fin de semana completamente invernal. Fue una acampada atípica, pues mientras en otros sitios habíamos estado solos en medio del monte, el refugio se encontraba junto a las pistas de esquí, por lo que había infinidad de esquiadores a nuestro alrededor. Pero nosotros no contábamos con el equipo de un esquiador, sino que sólo teníamos nuestros pies y gruesa ropa de abrigo. Un agradable y nostálgico recuerdo que me viene de aquel fin de semana era el del refugio: se trataban de cuatro paredes con un hogar en el medio donde una hoguera se mantenía encendida durante toda la noche. Todos los sacos estaban desperdigados alrededor. El refugio no tenía servicios (y sí, con el frío, teníamos que salir al exterior) y había únicamente en un lateral un fogón para cocinar y una mesa de madera (donde no cabíamos todos los que estábamos). Quizás aquella sencillez le daba cierto encanto.
Había nevado mucho aquellos días y también la primera noche que pasamos en aquel entrañable rincón. Pese a la nieve, nosotros íbamos a salir. No hacía viento, pero a medida que las horas pasaban y que la cima estaba más cerca, la nieve nos empezaba a llegar por encima de las rodillas. Eso no era lo terrorífico. El peor recuerdo que tengo de aquel día es el de una senda como de medio metro a mitad de la ladera de la montaña por donde teníamos que caminar muy despacio y de uno en uno. Éramos conscientes del peligro: si resbalábamos allí, y con la nieve era algo que podía ocurrir con cierta facilidad, terminábamos convertidos en alud allí abajo. Nadie se cayó, pero el momento aún me hace reflexionar sobre el peligro de aquel instante.
Es cierto que íbamos mucha gente, que muchos de los tutores que nos acompañaban eran montañeros especializados, pero sigue siendo un instante que corta la respiración. Es obvio que incluso los tutores se dieron cuenta del riesgo extremo, ya que a la hora de regresar, descendimos por otra parte de la ladera. Por un día nos convertimos en pequeños Jesús Calleja.
Tengo otro recuerdo de otra ventisca de nieve en Monte Real (Soria), donde nos quedamos aislados en el monte. Ahí estábamos solos, sin esquiadores ni nada y el último día tuvimos que sortear la nieve hasta llegar a un cortafuegos para regresar. La de Monte Real fue la mejor acampada de todas. Creo que todos pensábamos que nos quedábamos a vivir allí.
La cuestión es que el día de las montañas (hasta hoy desconocía que hubiera un día así, pero me ha gustado la idea) me ha recordado a alguien. Me pregunto si le veré hoy. Es posible que no, pero de todas formas, apetece ir a tomar unas cervezas.

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