
Nunca me he sentido a gusto en las ciudades grandes, aunque a veces me gusta visitarlas. Lo cierto es que no me agradaría vivir en la capital de un país. He caminado por muchas, pero soy consciente de que siempre serán ciudades de paso. Reconozco que todas y cada una de ellas tienen su encanto. Pero es una parada fugaz.
Me gusta regresar a Madrid de vez en cuando. Pero llegado cierto momento necesito volver a los parajes que ilustran mi entorno.
Pero no he comenzado a escribir en este momento para dilucidar las ventajas y desventajas de una ciudad grande.
Pensaba en el amanecer. No un amanecer cualquiera. No un amanecer junto a la playa. No un amanecer en una montaña. Era un amanecer en una gran ciudad.
El amanecer es un momento del día que resulta mágico. En una ciudad, y ‘mi ciudad’ era Madrid, me imaginaba las calles despejadas, la claridad que trae una especie de neblina previa a la mañana, los ruidos ajenos de un vehículo aislado, el sopor desmesurado de una ciudad que aún no ha comenzado a despertar. Era una solitaria Gran Vía invernal sin un alma que recorriera sus aceras, mientras el reloj del edificio de Telefónica parpadeaba su hora al ritmo del corazón.
Obviamente, en mi imaginación no estaba sola. Ese amanecer, cargado de tal romanticismo, de una magia estremecedora, no podía ser perfecto si no estuviera acompañada de un ángel.
Un amanecer en la gran ciudad… A veces, una ciudad enorme nos aporta enormes sorpresas imaginativas.
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