Al levantar la vista del libro he comprobado que alguien había cambiado el mes en el calendario. Me he acercado y lo he vuelto a colocar en julio. Yo sé por qué justamente ése es el único calendario donde no quiero que pasen los meses y, al no pasar de página, me sirve de recordatorio.
En julio queda su sonrisa, en julio se concentran sus miradas risueñas, en julio hablé más a menudo con él que otras veces, en julio le veía en numerosas ocasiones… Ese mes estuvo lleno de alegría, de paz, de deseo y de ilusiones. Las mismas ilusiones que ahora parecen tan lejanas… y tan dolorosas.
En julio se cumplió un año desde que le conocí.
Siento que, si paso al siguiente mes, se perderá todo eso, se difuminará todo, como si sólo de hubiera tratado de un sueño que no quiero recordar. Siento que, si cambio de página, fuera a encontrarme de sopetón con la oscuridad más recalcitrante, con la tristeza infinita, con un puño en el corazón y con el silencio de quien no tiene nada que decir, teniéndolo que decir todo. Ese es mi silencio. Apenas hablo, apenas miro, apenas sonrío y apenas sueño. Y siento mi alma hecha pedazos.
Por eso quiero evocar julio un poco más. Es la esperanza de quien no quiere olvidar. Es un mes que volvería a revivir, con todo, incluso con las palabras amargas que llegaron después.
Es curioso, pero me siento incapaz de cambiar de hoja. Y debería haberlo hecho ya.
Llegará diciembre y yo seguiré con mi página del calendario en julio, y continuaré recordando tantos momentos en que una única mirada conseguía hacerme volar, junto a miles de mariposas de intrincados colores.
¡Cuánto me dio… y cuánto me quitó...!
Una lágrima salada se detiene en la comisura de los labios al recordar todo de nuevo, al dibujar mentalmente su imagen angelical. Y crece el deseo de tocarle, de besarle, de escucharle...

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