
“Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana”.
Así empieza Soy un gato. Al principio me recordaba a una breve novelita de Virginia Woolf titulada Flush (y que leí hace muchos años), donde Flush era un perro ‘inteligente’ que contaba toda su vida entre humanos, desde su nacimiento hasta su muerte.
Aquí es un gato el que cuenta la historia. Pero se trata de un animal atípico, porque en su mente inteligente es capaz de razonar mejor que un ser humano. Así, es a través de su pensamiento donde descubrimos todo un abanico de ideas sacadas de la filosofía Zen. Este gato nos muestra su terrible aversión hacia la 'raza' humana.
El gato sin nombre de la novela es acogido en casa de un maestro japonés, ignorante y ridículo, además de pobre, al que el gato adora por ser el hombre quien se apiadara de él y le acogiera en su casa. Hay una persona en la casa al que el gato no soporta, la criada Osan, que le trata muy mal, aparte de que si por ella fuera el gato se moriría de inanición.
El maestro Kushami recibe a diario visitas de excéntricos personajes que rinden culto a la literatura, historia y filosofía. Son personajes peculiares cuyos razonamientos nos dan mucho que pensar.
Meitei, por ejemplo, es uno de esos personajes que entra en la casa del maestro convirtiéndose en el verdadero anfitrión. No tiene pelos en la lengua y dedica todas sus palabras y acciones a la burla, lo que le convierte en alguien superficial. Es charlatán y a veces irritante. Pero sus palabras nos hacen reír a lo largo de la novela.
El licenciado Kangetsu, un joven que ha empezado a hacer el doctorado y realiza extraños experimentos con bolas de cristal en la universidad. Tiene una personalidad recalcitrante, aunque su juventud le convierte en alguien inseguro. Los Kaneda, familia de negocios que viven en la vecindad, quieren que Kangetsu se case con su adinerada hija y, por ello, desean que se convierta en Doctor en Ciencias. El maestro Kushami no soporta a los hombres de negocios y se opone a esa relación. También Meitei se manifiesta contrario a que su amigo Kangetsu contraiga matrimonio con la joven Kaneda, sobre todo al conocer la enorme nariz de la madre de la muchacha. Al final, Kangetsu escogerá su propio camino y su propia vida, abandonando el doctorado y casándose con una mujer de su pueblo.
Aparte de estos, aparecen otros hombres secundarios, algunos de ellos filósofos, cuyo pensamiento les lleva a una extraña locura.
Es una grandísima novela, aunque en algunos momentos se hace algo pesada. Natsume Soseki vivió a finales del siglo XIX y a principios del siglo XIX. Nos muestra sus amplios conocimientos de la literatura occidental, además nos brinda una amalgama de historias orientales (por lo general japonesas) desconocidas para nosotros.
Una de esas historias es la de la venganza de los 47 ronin, también conocidos como los 47 samuráis. Tuvo lugar a principios del siglo XVIII de nuestra era. Con el tiempo, esta historia en la que se evidencia el código de honor samurái, o Bushido, se convirtió en una de las leyendas más famosas de Japón.
Cuenta la historia de un grupo de samuráis cuyo daimyo (señor feudal) fue obligado a cometer seppuku (suicidio ritual) tras haber asaltado a un oficial de la corte llamado Kira Yoshinaka, cuyo título era Kozukeno suke. Los samuráis, súbitamente convertidos en ronin (guerreros sin amo y, por tanto, sin derechos y obligados a vagar por los caminos y a convertirse en proscritos), planean durante años cómo llevar a cabo su venganza. Finalmente, logran acabar con el asesino de su amo, pero luego ellos mismos se ven obligados a cometer seppuku, acusados del delito de asesinato.
Lo genial de esta novela es que a veces me trae recuerdos de Japón, porque a veces adquiere los ritos de lo que nosotros conocemos como novelas costumbristas. Así los lugares de Tokio, las vestimentas, algunos alimentos no me resultan desconocidos, al haber visitado Japón hace tan sólo unos meses.
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