
Esta mañana he olvidado las gafas de sol en casa y no creo que sea correcto marchar a casa con todo el sol deslumbrante del atardecer de frente, y sobre todo porque aún tengo los ojos hinchados, menos, pero siguen hinchados.
Como el sol que deslumbra también a veces encontramos en el camino personas que deslumbran, sea por su enigmática personalidad, sea por su don de gentes, sea por su simpatía o sea porque simplemente una mirada nos llega tan adentro que sentimos que nuestra alma ha sido tocada (quizás por las manos sutiles de un ángel). Y a partir de entonces nos encontramos inmersos en un hechizo que nos hace flotar, que nos lleva a mecernos alcanzando trocitos inalcanzables de felicidad.
Es la hora del ocaso. El sol, aunque nos ciegue momentáneamente, no deslumbra tanto como pueden hacerlo algunas personas.
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