
A veces no nos paramos a observar la belleza de las cosas que nos rodean. Sólo habría que detenerse frente a una rosa, magnífica y radiante bajo el sol. No hace falta tocarla para observar sus rojos pétalos aterciopelados (lo que me recuerda al tacto de unas sutiles manos), no hace falta acercar la nariz para que su aroma impregne el aire que respiramos, no hace falta más que contemplar esa belleza natural en su medio ambiente para saber que es una belleza caduca, que si la cortáramos tendría los días contados, incluso sin cortarla, en unas semanas sus pétalos serán como las alas de una mariposa desperdigadas en el suelo.
A veces la belleza simplemente está ante nuestros ojos. Se puede ver en la mirada penetrante de unos ojos oscuros que contienen en sí mismos toda la nobleza del mundo; se puede descubrir en la sonrisa dorada de un rostro cargado de bondad; se puede admirar al tocar esas manos tan suaves; se puede escuchar cuando el timbre sensual de su voz corta el aire como si formara parte de una sonata celestial… Y, sin embargo, creo que sólo muestra una pequeña parte de la belleza que hay en él, que oculta una belleza aún mucho más grande, más significativa, más placentera. Y seguro que es más hermoso lo que no se ve que lo que muestra al mundo.
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