
Es agosto, pero podría ser cualquier mes del año en que la tibieza de unos rayos de luz lance destellos dorados en mi piel. Esto lo digo porque, antes de ir a Japón, buscaba el frenesí de las percepciones que brinda la naturaleza. Y ahora, en estos momentos, siento nostalgia de aquellas horas de no hace tantos meses. Desconozco por qué de repente anhelo que mi alma esté en conjunción natural con ese verdor estival. Quizás es que, en estos días, todo se ve envuelto de personas por todos los parajes adonde yo iba a fundirme con la soledad.
Rememoro con cierta facilidad los sonidos que atinaba a escuchar de fondo, mientras me veía inmersa en una y mil historias de novelas diferentes que duraron tan poco en mis manos. Aquello era media vida, añoro el momento exacto en que El Asedio de Pérez-Reverte iba llegando al final mientras yo disfrutaba ensimismada de su lectura.
Rememoro con cierta simplicidad los colores de los árboles, el verdín de la hierba que me servía de alfombra, el gesto sutil de apartar una bellota que se me clavaba en la piel…
Rememoro los momentos en que escribía un sinfín de palabras a un receptor invisible, las dulces palabras que le susurraría al oído después de varias copas, cuando prensaba alguna hoja para incluírsela después en un sobre de fabricación casera, o las fértiles líneas de algo que en algún momento atiné a dibujarle.
Incluso allí también él estaba presente, sobre todo cuando le escribía palabras llenas de amor, que ahora son un sinsentido, que podrían convertirse en una contradicción. Y, sin duda alguna, peligrosas. No por lo que yo decía, sino porque tengo miedo a decírselo a él. No comprendo qué es eso que me paraliza, cómo esa persona tiene tanto poder sobre mis actos, ya que, si fuera de otra manera, él lo sabría todo a estas alturas. Pero no me atrevo a acercarme a él y transmitirle el fuego de amor que arde en mi corazón, no me atrevo porque ese simple acercamiento bastaría para avivarlo un poco más.
El caso es que echo de menos aquellos ratos en que mi corazón era libre, en que me sentía unida a los hilos invisibles que la naturaleza tendía hacia mí. Y no me importaba escribirle, contarle todo lo que quizás nunca le diré, sentir que él estaba tan cercano por el sutil hecho de dedicarle un minuto de pensamiento (que eran más).
Y al volver a casa me sentía en paz con el mundo.
Me siento atada a algo que se llama amor y no encuentro la forma de deshacer el nudo. Aunque quizás es que no deseo, por nada, que el nudo se deshaga.
Quizás esta tarde, si el sol se mantiene en el horizonte, vaya a tumbarme sobre la yerba.
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