
De un tiempo a esta parte me sorprende estar buscando imágenes de corazones, incluso los dibujo inconscientemente cuando estoy hablando por teléfono. Esto es hilarante cuando no me gustan los corazones, al menos aquellos que simbolizan el amor. Realmente debería decir que no me gustaban, ahora no sé. Los busco con motivo de unas palabras que jamás he dicho a quien debería habérselas dicho, los busco para ilustrar lo que escribo día a día.
Para mí el corazón era tan sólo una válvula que regía la vida interna del cuerpo humano. De repente me encuentro ante un corazón con una parte material que sigue bombeando sangre y con una parte inmaterial que rige las emociones. Ambas partes se entremezclan, por ejemplo, al verle, cuando siento que el corazón late muy deprisa, al sentir que no me cabe en el pecho, que se hace tan grande en presencia de esa persona que no puedo detenerlo.
El corazón nunca para. Podría decir que, de unos meses a esta parte, le he dado mala vida, sobre todo cuando me dan vuelcos tan terribles que parecen destinados a dejarle en los huesos, pero no, mi corazón disfruta amándole, es como si se le ofreciera savia nueva cada vez.
¿Acaso es malo dibujar corazones cada vez que alguien me está diciendo algo al teléfono? La cuestión es que es algo inconsciente. Porque cuando hablo por teléfono, estoy a la conversación, no a lo que hacen mis manos. Pero después, cuando cuelgo y me encuentro con el resultado, me sorprende ver los dibujos que han salido de mi pluma.
Que nunca pare, que nunca pare el regocijo que siente mi corazón ante su dulzura…
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