
Ella se levantaba temprano para sentarse durante una hora delante del espejo. Se miraba a los ojos y se concentraba en la tarea de convertir su rostro de ojos somnolientos en una cara que sonriera al nuevo día. Se maquillaba lentamente, como quien no tiene otra cosa mejor que hacer. Nadie podía verla sin los ojos perfilados de negro ni los labios pintados de carmesí.
Una melodía sin letra salía directamente desde su garganta, inconscientemente, como aquella que disfruta de lo que está haciendo.
Se ponía sus mejores ropas, siempre lustrosas, siempre con vivos colores.
Después se atusaba el pelo dorado, debilitado por mil tintes, y se lo recolocaba lentamente. Se levantaba para ir al joyero y buscaba las joyas que hicieran juego con su vestimenta.
Nunca sabes a quién puedes encontrarte un día.
Esa mujer pasaba de los 80, tenía el rostro surcado de cientos de arrugas que han conocido tiempos mejores, algunas disimuladas por el maquillaje. Siempre tan coqueta, aunque la mano tenía principios de párkinson, siempre iba arreglada desde primera hora de la mañana. Al hablar, guardaba mucho las formas (aunque comenzaba a tener principios de locura).
Yo conocí a una señora así. Ya murió. La admiré, en serio. Me pareció admirable que, pese a su avanzada edad, ella siguiera maquillándose como si tuviera veinte años, que fuera tan coqueta como una niña y es que, en verdad, a sus ochenta y tantos, seguía siendo una niña.
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