jueves, agosto 19, 2010

En la orilla de piedras de un río cualquiera

Con el aire plagado por el olor dulzón que precede a la tormenta, me encuentro pensando en algún lugar que tenga un río de piedras. En el pasado he estado a orillas de muchos, y recuerdo haber cogido piedras de un río de Santurde hace ya muchos años. Me imagino con él, caminando descalza entre las piedras y pensando en lo incómodo que es. ¿Quién no prefiere caminar sobre la suave arena? Pero las huellas en la arena muy pronto se terminan borrando. Como se borraron las huellas que otras personas dejaron en mi corazón. Por eso, si tuviera que caminar con él, preferiría hacerlo por la orilla empedrada de un río en ninguna parte. Porque la dureza de esas piedras es tan profunda como lo que siente mi corazón por él. Casi imposible de romper.
Una vez leí que dos personas iban caminando descalzas por un camino lleno de guijarros y de tierra. Uno de ellos mantenía la compostura, porque ya lo había hecho antes, y por tanto no le afectaba nada de lo que rozaban sus pies. La otra persona sentía el dolor, las heridas abiertas en las plantas de los pies, hubiera dejado de caminar, pero el acompañante le conminaba a seguir, hasta que llegó un momento, varias horas después, en que dejó de sentir el dolor.
No venía al caso. Una tarde como la de hoy, aunque llueva, me gustaría compartirla con él, perdernos entre las hayas que pueblan las riberas de los ríos de esta tierra y caminar descalzos sobre miles de guijarros.
Es curioso, porque la dureza de las piedras puede dar lugar a variadas versiones. Depende de cómo lo interpretemos cada uno. Duros son algunos corazones, por ejemplo, que no sienten, que no aman. Pero para mí es más interesante la metáfora que he utilizado al principio: sentir algo tan fuerte que está como tallado en piedra.

¡A saber dónde está! Podría encontrarse a mil kilómetros de distancia y sentirle tan cercano como cuando me imagino caminando con él junto a las piedras que se ven mojadas por las aguas inconstantes de un río. Y no sabría dónde está. Tanto da que se encuentre a mil kilómetros de distancia o que se encuentre a dos calles, porque siempre llevo su recuerdo muy cerca del corazón.
Igual está de vacaciones. Es agosto. Casi todo el mundo que conozco coge vacaciones en agosto. Y además nunca le veo, por lo que crecen las posibilidades de que esté en otro lugar. A veces me dan ganas de decirle algo, pero me acuerdo de ‘algo’ y tan sólo eso, que es bien poco, sirve para que cambie de idea.
Sigo teniendo ganas de verle, de escuchar su voz reconfortante, de mirar esos ojos tan dulces…

Ahora puedo soñar que camino con él junto a un río de piedras. Es lo que trae el aire tormentoso de esta tarde.

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