lunes, agosto 16, 2010

Otro domingo que se eclipsa

Ojalá pudiera susurrarle al oído cómo aprendí a quererle. Quizás es que no lo aprendí, sino que llegó solo, sin darme cuenta, o quizás siempre fue un sentimiento que estuvo ahí, innato a mí.
Esta tarde cerraba los ojos e imaginaba que todas las aburridas tardes de domingo las pasaba con él: entonces no serían aburridas.
Nunca me han gustado los domingos, y no porque sea el día en que declina la semana y piense que el lunes es una vuelta a empezar. Más bien me parecen días que vienen cargados de nostalgia, de recuerdos, de lagunas y, a veces, de crueles resacas. Salvo honrosas excepciones. Por ejemplo, el próximo domingo será diferente: patatas en la ermita y toda la parafernalia que eso conlleva. Simplemente es un domingo distinto, aunque su llegada signifique el fin de fiestas.
Y los domingos pienso mucho en él. Imagino dónde puede estar. Y pienso en lo que me gustaría compartir con él las últimas horas de la semana que llega a su fin, pero no en el lugar en que él podría estar, ni en el sitio donde yo esté, sino en una zona neutral, en tierra de nadie, donde no existan recuerdos, ni palabras, ni rostros conocidos. Únicamente disfrutando de la mutua compañía, observando sus cabellos al viento, coleccionando sus miradas, absorbiendo sus palabras…
Quizás no exista un lugar así…
Ahora observo las estrellas en la oscuridad de la noche y vuelvo a evocar su imagen. Recuerdo su mirada noble y vuelvo a sentirme desarmada y con el frenético deseo de verle, aunque sea fugazmente.
Vuelvo a sentir que he cargado las pilas de las ilusiones. Que vuelvo a tener ilusión. Que vuelvo a soñar. Que sigo sintiendo. Que me siento hechizada.

Es el perpetuo movimiento de la ilusión…

No hay comentarios: