martes, agosto 10, 2010

Ni un millón de estrellas

Ni un millón de estrellas podrían eclipsar el resplandor que proviene de él. Ni todos sus fulgores juntos alcanzarían el brillo que puede llegar a emanar de esa persona. Y no es una ‘estrella’ que esté en el firmamento, sino que va caminando por las calles y otorgando otras luces al día.
Y cuando él no está… todo se torna oscuro, aunque se pueda llegar a contemplar en la lejanía los rayos opacados de esa luz que proviene de él, como si estuviéramos contemplando una estrella polar que nos abre los brazos hacia un firmamento lleno de estrellas.
Es su luz. Ni un millón de estrellas podrían ocultarla.

A veces me gusta creer que él pone cada noche las estrellas en el cielo para que no me sienta perdida en la oscuridad. Sólo a veces me gusta pensar así. Vanas ilusiones, resquebrajadas antes incluso de empezar a latir. No debería pensar en esto último.

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