
Me estremece pensar en que desde hace muchos meses raro es el día en que no escribo algo sobre él, como si algo en mí me impulsara a detallar la magia que regala al mundo con su mirada. Mirarle ya trae una magia inmensa.
En los últimos meses él es una de las buenas cosas que han pasado por mi vida. Conocerle, quererle, sentir su tacto, sentirme observada por unos ojos que me han tocado el alma, descubrirle como un ángel… Todo es más fácil desde que le conocí, porque el entorno tiene otro color, el mundo ya no es cuesta arriba y la felicidad viene con todo ese amor. El amor es el momento presente, no el futuro. Y en este preciso instante, amo casi con locura. Ese sentimiento me convierte en la persona más afortunada del planeta o la persona más desdichada del mundo, según las variadas circunstancias en que me veo envuelta. Aunque son más las veces que sonrío que aquellas en las que me siento triste. A veces creo que debería acercarme a él y darle las gracias por ser un ángel y por ser un mago y por ser tantas cosas y por darme tanto...
Tengo gratos recuerdos de él, desde el primer momento, de su dulzura, de sus manos, imagino cerrar los ojos y alzo la mano como si pudiera llegar a tocarle, evoco su perfil plateado bajo la luz de una luna cuyo color no recuerdo, y busco su imagen todas las noches entre las estrellas. Y quiero más, siento que necesito verle cada día, que necesito dejarme mecer por los destellos de magia que brinda al mundo su única presencia.
Es demasiado especial…
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