sábado, noviembre 07, 2009

Mecanismos de autodefensa

Hace cuatro años, en la puerta de urgencias del hospital de Ávila me desmoroné con una amiga. Me estaban haciendo pruebas para ver qué era aquel bultito que me había salido en el ombligo. En ese momento acababa de hacerme radiografías y, mientras esperaba que me las dieran, había observado en una pantalla de ordenador todo mi torso en blancos y negros. Un círculo blanquecino resaltaba justo al lado del ombligo, un poco hacia la derecha visto en las radiografías. Mi mente se empezó a preparar para algo muy malo y me desmoroné en los hombros de mi amiga Sandra, mientras le contaba lo que había visto y que la enfermera de turno no había podido o no había querido explicarme.
Pasarían varias horas hasta que el médico me hizo entrar en una sala para decirme que tenía una hernia umbilical que había que operar de urgencia. Y que también habían visto que tenía estratos calcificados de sal en un riñón, lo que podía derivar en piedras en un futuro algo lejano. Respecto a esto, me recomendó beber mucha agua para intentar expulsar esos estratos poco a poco. Ni que decir tiene que a mí no me preocupaba tanto la operación quirúrgica del día siguiente como el asunto del riñón que, si cabe, me había tenido preocupada toda esa tarde.

La mente siempre nos prepara para lo peor de lo peor. Nos prepara el camino hacia situaciones de peligro, de duda, de inseguridad, de dolor. Por eso, ayer pensé lo peor. Ahora sé que podría ser cualquier persona, que no tenía que ser una pareja, sino que ella podía ser una amiga, una pariente o cualquier persona con la que tuviera un poco de confianza. Ante el desconocimiento, la mente busca el peor de los casos, el más doloroso y te va preparando el camino hasta que sepas a ciencia cierta la relación que hay realmente entre esas dos personas, aunque en ese momento sólo desees matar todos los sentimientos que albergas bajo tu caparazón. Este dolor se convierte entonces en algo indescriptible.

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