Acabo de entregar la tarjeta-llave de la habitacion. Me da la impresion de que empiezo a alejarme de las tierras maltesas, pese a seguir aun aqui, y que estoy mas cerca de Espana. El viaje de hoy es largo. Tengo muchas horas de espera en Fiumicino. Esta vez no me llevo la guia, sino un libro. En todos los viajes es igual: en la ida te empapas de las costumbres del destino al que vayas, te ilustras con la informacion que tengas a mano sobre ese pais; en la vuelta, ya no necesitas la guia, porque ya has visto todo lo que tenias que ver -excepto lo que no te haya dado tiempo o no hayas querido visitar-. Y para la vuelta coges ese libro que apenas has tocado estos dias y que tenias en el fondo de la maleta, esperando que les des vidilla a sus paginas. Un libro para leer en las horas de espera en el aeropuerto, en las etapas de vuelo, en el hotel madrileno esta noche, en el autobus que te lleve a casa manana. Acabo de empezarlo y cuando llegue a casa estara por la mitad.
Lo peor de todo es que he tenido que bajar la maleta y el vino por las escaleras porque, desde la hora del desayuno, no funcionan los ascensores.
Esto esta lleno de gente leyendo el Times. Fuera, hace sol, el mismo sol que me ha acompanado en mi estancia aqui. De todas formas, hasta las doce del mediodia no vienen a buscarme para ir al aeropuerto. El avion despega a las 14.35h. Me estremezco solo de pensar en sobrevolar el mar, igual que cuando venia. Es una estampa magnifica, solo que esta vez es en direccion contraria.
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