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Me da la sensación de que estoy incubando un virus de invierno, lo que me desagrada sobremanera. Espero que no se me olviden las gafas de sol, aunque sólo sea para tapar los ojos llorosos, síntoma del catarro que se aproxima.
En la peluquería no paraba de estornudar, por una parte, y toser, por otro lado. Pero he cerrado los ojos, se ha materializado en mi mente una imagen y repentinamente se ha pasado todo.
Hoy en la cafetería estaba muy lejos. Después de decirle a D. que lave el coche y que se afeite, mi imaginación ha volado. Porque hay alguien a quien no se me ocurriría decirle jamás que se quite la barba porque le sienta bien o porque yo estoy quizás acostumbrada a verle así. Y el coche siempre lo tiene limpio. Sé que he sonreído enigmáticamente y a mis pensamientos ha llegado la voz de D. preguntándome en qué estaba pensando. Un rato después le he respondido: "Lo siento, ¿qué decías?". Creo que se ha mosqueado, pero es que cuando lo que me cuentan no me interesa tengo gran facilidad para desconectar de la conversación, y si es una cháchara interminable -hablar por hablar- entro en un mutismo como el de hoy. Es curioso cómo la mente te lleva a cualquier sitio, con cualquier persona, en cualquier momento y parece que estás sentada en la gloria. Además, eso es suficiente para sentirme algo más feliz.
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