
No tengo muchas ganas de salir, pero me voy a obligar a hacerlo. De hecho, no tengo ganas de nada más que de taparme hasta la nariz con el edredón, cerrar los ojos y dormir. Se hace complicado acarrear una tristeza infinita y perversa, aunque luego brindes a todo el mundo una sonrisa que no tiene nada que ver con lo que hay debajo.
Me siento algo alicaída, fruto del intento de tapar algo que sigue ahí, que no puedo quitármelo tan rápidamente.
Hoy he estado reflexionando sobre los momentos puntuales, pero también sobre la magnitud de la pasividad y la indiferencia: la ausencia de respuestas, el desconocimiento, una carencia de sinceridad, la falta del diálogo... circunstancias todas ellas que me desbordan y me pesan lo suficiente como para permanecer en un estado de mutismo impropio de mí.
Supongo que es todo fruto de la época pésima que estoy atravesando. De hecho, me siento tan insegura como indecisa. Ante mí se extienden varias vías, que equivales a varias posibilidades diferentes, pero no sé cuál he de escoger.
Llega un momento en que sólo puedo encogerme de hombros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario