
Esta mañana amanecía todo con niebla, esa espesa niebla que toca con el suelo. Apetecía parar el coche y sumergirte en medio de esa nada de blancura.
Es una sensación claustrofóbica. Siempre recordaré aquel momento de terror en los alrededores de la Laguna Negra, cuando se echó de repente la niebla y sólo podíamos comunicarnos a través de la voz, porque ni siquiera podías distinguir a la persona que tenías al lado.
Pero perforar durante un momento ese manto de niebla, tal y como se veía esta mañana, tiene que ser una sensación placentera, algo parecido a cuando pisas la nieve virgen por donde aún no ha caminado nadie.
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