
Cuando éramos adolescentes, si queríamos pedir un deseo, contábamos durante diez días una estrella del cielo. Si cumplías, finalmente el deseo se terminaba cumpliendo. Aunque en realidad no recuerdo si se hicieron realidad esos deseos. Lo hacíamos cada verano, cuando nos sentábamos en círculo junto a la carretera del cuartel, en algún lugar recién cosechado o en el duro suelo del frontón.
Yo sé que lo que deseo en estos momentos es imposible, es una utopía, porque irme a Malta con él es matemáticamente imposible. Ni siquiera lo sabe. Ahí está el poder de ese deseo, que es casi más fuerte que yo.
Pensándolo bien, me iría a cualquier sitio con él...
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