
Soy consciente de que, por mucho que intente ocultar mi pesar, la gente que me rodea lo nota. Lo han notado los dos que desayunan conmigo cada mañana. Hablaban y hablaban y yo en silencio, mirando fijamente el café, a veces levantando los ojos hacia las noticias donde aparecía la Brandenburger Tor(*) por el 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín y hacer un comentario trivial con una voz casi inaudible: "Ahí estuve yo".
Mis compañeras de trabajo, que siempre me preguntan por el fin de semana con un "¿Le has visto?". Ellas, que me ven a diario, no necesitan mucho para descubrir en mis quehaceres algo inusual: no hablaba. Hoy no me han preguntado porque saben que, si tengo que decir algo al respecto, lo comentaré sin necesidad de preguntar. Incluso yo siento una seriedad y una gravedad no habituales en mí.
En un momento tan trascendental como éste me gustaría ser capaz de ocultar lo que llevo dentro. La tristeza es demasiado palpable. Y la gente que me rodea la siente. Y si ellos son capaces de descubrir algo así sin que yo diga una sola palabra al respecto, si me encontrara con él, ¿qué no sería capaz de descubrir? Si me resulta imposible esconderle nada, si me quedo sin defensas frente a él... Lo notaría nada más con mirarme a los ojos, y posiblemente descubriría muchas otras cosas adonde el resto de la gente no puede llegar.
(*) Tor: En alemán, 'puerta'.
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