
Si acaso otros días no veía por que llegaran las siete de la tarde para irme a casa, hoy me darán las nueve y seguiré en la oficina, pese al miedo que me da caminar a esas horas hasta el coche (ni recuerdo dónde lo he dejado). La razón es sencilla: en casa me pondré a dar vueltas a la cabeza y me volveré a desmoronar. Aunque intente sumergirme en un libro, aunque intente desconectar con la televisión (estoy segura de que hoy la pondría), aunque intente navegar por sitios inhóspitos de internet... me seguiré sintiendo tan descorazonada como los últimos días. Porque el dolor sigue ahí.
¿Cómo he llegado a quererle tanto? Es que, de no ser así, este dolor es incomprensible.
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