miércoles, noviembre 11, 2009

¡Vaya día!

Las 8.15h. me han pillado en la cama aún. He apagado la alarma del móvil y me he dado media vuelta. Estaba soñando y lo que soñaba era tan perfecto que no quería abrir los ojos. Por un día, he desayunado en casa rápidamente, porque sabía que si iba a la cafetería me liaría y llegaría media hora tarde. Con todo, a las 8.31h. entraba por la puerta con las marcas de las sábanas aún visibles en un lado de mi rostro.
Cuando he entrado, N. ha dicho: "Ya era hora de que viniera alguien". Me he acercado y me la he encontrado emocionada. "Es mi cumpleaños", me ha dicho. La he mirado con cara de póker porque se me había olvidado por completo. Lloraba porque a su pareja se le ha olvidado felicitarla y porque acababa de recibir una llamada de su hija pequeña cantándole el "Cumpleaños Feliz". La he abrazado durante un rato.
Después ha llegado B., a la que no se le ha olvidado.
Será la primera vez que bajamos las tres juntas a la cafetería. Allí hemos estado con mis dos amigos de desayuno de todos los días. Cuando les he presentado a mis compañeras al que no conocían (que coincide en nombre con otro) le han escudriñado y sé perfectamente lo que han pensado cuando les he dicho: "Éste es...". Había una característica que no las podía infundir a error: la persona que yo les he presentado no tiene el pelo largo.
En cuanto a D., mis compañeras me han dicho que me paso mucho con él. No sé por qué: yo sólo quería destriparle el libro de Dan Brown. Y, de hecho, se lo he destripado.
Después, las llamadas se suceden interminablemente. Lo primero que he hecho es enseñarle a N. de dónde bajar un programa de descargas y le he mostrado como ejemplo el eMule y su funcionamiento. Ya no uso eMule, pero durante mucho tiempo estuve usándolo de modo ininterrumpido.
Y la lista sigue. Seguro que no pasará mucho tiempo sin que baje a tomarme un café abajo.

Y él... sigue presente en todo lo que hago.

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