
Me he amoldado con relativa facilidad a la nueva situación que yo veo ante mis ojos. Nada de lágrimas, nada de tristeza, nada de melancolía. De hecho, he evitado escribir hasta ahora porque sé que quizás a la hora de plasmar algo por escrito puedo decir algo que me entristezca.
Esta mañana ni siquiera me ha costado levantarme, hasta intentaba sonreír. Las imágenes oníricas eran muy implícitas, sensuales hasta decir basta. He soñado que estaba en Malta con él: desde el momento en que nos abrazábamos al despertar en la habitación del hotel, pasando por un desayuno en una terraza al lado del mar, hasta el simple hecho de caminar descalzos, de la mano por las arenas de una playa solitaria, una cena amenizada por músicos callejeros en medio de una plazuela... En una postal del Camino de Santiago que había en un expositor de la imprenta he leído algo como: "No sueñes la vida, vive el sueño". Si fuera tan sencillo llevarlo a la práctica...
En general, no me he enterado de que las horas de la mañana han pasado y cuando he querido darme cuenta era la hora de comer.
Al aparcar el coche esta mañana, he visto a dos personas que tienen una relación estrecha con él. El que llevaba traje me ha mirado y saludado. Inmediatamente me he encontrado en otro lugar y en otro momento del día, hace algo más de un mes. Al otro le conozco de vista, de los cafés de las doce; no me hubiera importado ir adonde él iba en ese momento.
Desde ahí han empezado a sucederse imágenes ininterrrumpidamente, pero ya no me entristecen, me alientan a quererle más si cabe.
Cuando he pasado por la solitaria plaza que en verano está ocupada por una terraza (o dos), he recordado la semana en que tenía que tomar el café allí porque la cafetería de abajo estuvo cerrada, los días que me sentaba en la terraza, el cartero sentándose a mi mesa y haciéndome firmar varias veces (entonces no llevaba la máquina de ahora), para levantar la vista y verle de frente, con sus compañeros, no sé si decidiendo sentarse o entrar dentro. Les seguí con la mirada, porque se asomaron a ver si estaba abierta la cafetería de abajo, y luego volvieron sobre sus pasos para entrar dentro. En esa misma semana, recuerdo que entré desde la terraza sólo a pagar porque ellos estaban dentro (o, más bien, porque él estaba dentro; si hubieran estado sus compañeros y él no, no hubiera entrado). Es un recuerdo muy vívido, sobre todo a la hora de bajar la rampa de acceso con los tacones que llevaba aquel día. Otro de esos días esperé a que salieran para descubrir en qué portal entraban, dónde trabajaban, pero no llegué a averiguarlo; en el momento en que me despistaba habían desaparecido. Eso lo supe mucho tiempo después.
Los recuerdos se suceden y el deseo crece cada vez más. Siento que se me eriza la piel al recordar cada detalle de su rostro. Ese rostro que me dice tantas cosas...
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