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Las despedidas nunca fueron mi fuerte. Jamás se oirá de mis labios un "adiós", aunque sepa que a la persona que tengo delante no la volveré a ver jamás. Y esto es algo relativo, puesto que en la actualidad tenemos los medios suficientes para acortar esas distancias invisibles.
Un día, llegas a casa y te encuentras las palabras avinagradas de una amiga del colegio despidiéndose de ti por no haber recibido respuestas (no es justo). Es cierto que no he fomentado la relación lo que debería. Podría poner mil excusas. Ella podría pensar (y pensará): "Tiene tiempo para escribir en un blog y no saca dos minutos para responderme a mí". Estoy algo enfadada, conmigo misma, por no haberlo visto venir, por no haber sido más constante a la hora de responderle, o quizás llamar.
Llegas a casa y lo único que te apetece es relajarte, dejando aparte todo lo demás.
Ella no se da cuenta de que, por mucho que lea aquí, no plasmo aquí más que una mínima parte de mí, la que quiero que se vea (el lado oscuro me lo guardo para mí) y que lo que cuento no siempre forma parte de mi vida, que hay días que estoy tan saturada de todo que no tengo ganas más que de tumbarme en la cama y leer y olvidar, que cada semana, puntualmente, tengo que enviar cuatro tests (=exámenes) aprobados a un curso en el que me he apuntado, pero para aprobarlos tengo que estudiarme primero los apuntes, y que a veces no tengo el estado de ánimo que me gustaría tener para responder con ganas. Y no quiero ser hipócrita, pues las palabras que se escriben sin ganas son palabras vacías, sin fuerza. Yo no escribo a nadie por quedar bien, sino porque me apetece. Y eso es algo bello, porque hablarás con el corazón en la mano, con la sinceridad que en ese momento te alienta a seguir. Ella tiene su parte de razón, porque una llamada o un correo electrónico es cuestión de unos pocos minutos. Aunque sin ganas...
Siempre he considerado que la libertad a hacer algo es esencial, sobre todo en lo que respecta a cualquier relación, sea del tipo que sea. Nadie puede obligarte a decir nada si no quieres, no se puede obligar a nadie a hacer algo. Y mientras esto no se respete no existirá ese tipo de libertad, y no habrá, por tanto, ningún tipo de conexión, porque una persona (la que quita la libertad) se coloca en un escalón superior a la otra (la que ve menguar su libertad). Y la amistad debería suceder en un plano de igualdad.
Sé que leerás esto, A. Mi consejo es que recapacites. Y piensa que si no contesto es por algo. Que esto no es un medio para justificarme, pues yo siempre contesto, aunque sea el año que viene. Y, mientras esté en mi mano, jamás escribiré algo si no tengo las ganas y la energía necesarias para hacerlo.
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