
Me he asomado a la ventana y he visto algo que refulge en medio del océano de coches, de gente y de oscuridad. Es como si fuera un imán que me atrae a mirar hacia allá. Sólo tengo que levantarme, caminar dos pasos hasta la ventana y asomarme... para sentirle más cercano.
Hoy he recordado cómo me aprendí la matrícula de su coche. Fue a base de verla muchas veces, cada día en un sitio diferente. Estaba tomando una cerveza en una terraza de verano con un familiar cuando pasó frente a mí. Le reconocí, claro. Cuando pasó me quedé mirando la estela que iba dejando y mis ojos se clavaron en los números y letras. Saqué un taco de possits y la apunté deprisa y mal. Es que apunté mal un número que no llegué a ver bien (al día siguiente ya lo había corregido).
Esa hoja de possit ha estado olvidada en un cajón de mi escritorio hasta hace relativamente poco tiempo, en que me la encontré y me pregunté por qué la guardaba cuando ya me sabía lo que ponía de memoria.
Desde donde yo estaba le vi aparcar, salir del coche y dirigirse hasta su oficina. Pasó caminando junto a mí, pero no me vio. En cambio, yo llevaba observándole desde el primer momento en que le reconocí mientras conducía.
Aquel día iba muy elegante, que traduzco para decir que iba más guapo de lo habitual. En mi imaginación empecé a pensar de dónde podía venir con tanta prisa, pero no se me ocurrió nada, supongo que podría venir de cualquier sitio. Sólo tenía que haber mirado hacia la derecha para encontrarse conmigo disfrutando del momento. Creo que ahí ya nos habíamos conocido.
Igual no debería dar rienda suelta a mis recuerdos, pero siento que necesito sacarlos fuera. Cuando le evoco noto un latigazo de dolor que me extenúa las fuerzas.
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