
Me he tumbado un rato y he cerrado los ojos. De repente, me encontraba abriendo la puerta, igual que a las cuatro, pero quien estaba delante era otra persona. Los rasgos de uno y otro se mezclaban en mi imaginación para encontrarme con una mirada profunda, ansiada; la barba recortada, el pelo largo, una magnífica sonrisa. De repente, alzaba su mano y tocaba sus dedos de terciopelo. No había palabras. No era necesario decir nada.
Y de repente me encontraba con los ojos abiertos, con el corazón encogido... He evitado pensarlo, pero seguía viendo esos ojos, como si hubieran emergido al presente desde algún lejano rincón de la memoria.
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