viernes, abril 16, 2010

Añoranza

Es un buen momento para irme a casa. Hoy es una de estas tardes en que tienes que explicar tus conocimientos a una persona en prácticas y te sientes orgullosa cuando la segunda vez ella puede hacerlo sola. Es genial, porque era la primera vez que ella veía esa parte del programa. He intentado ir muy despacio, dándole tiempo a tomar notas, explicándole que, con el tiempo, salen las cosas sin pensarlo, y que yo aprendí más probando botones y equivocándome muchas veces y que nunca apuntaba nada. Pero yo disfruto tocándolo todo y, cuando no sabía y/o podía hacer algo, tenía que buscarme la vida. Con E. es diferente. Esta tarde me he propuesto enseñarle algo y me he asegurado de que lo aprendiera. No me importaba repetírselo varias veces en ciertos momentos. Y, cuando en la segunda prueba, le he dejado a ella en el ordenador ha sabido seguir mis pasos a la perfección. En esos momentos he sentido un ramalazo de orgullo, por las dos: yo, por haber sabido explicarlo y que lo entendiera; ella, porque ha sabido realizar lo mismo que yo sin equivocarse.
Eso me lleva a las acampadas con los niños. Cuando les hacía sentarse en círculo y les contaba historias o me inventaba juegos o les preparaba gymkanas. Ellos, hasta el más travieso, me escuchaban, les mantenía expectantes ante aquellas adivinanzas que duraban horas: "Entras en una sala en penumbra. Marco Antonio y Cleopatra yacen muertos en el suelo. A su lado hay cristales y agua. ¿Qué ha ocurrido?". Recuerdo sus rostros mirándome, discurriendo, escuchando.
Mis padres siempre me han dicho que mi vocación frustrada era la enseñanza. Yo creo que era la arquitectura. Pero es cierto que los niños se me han dado bien siempre. Lo de esta tarde era otra cosa: me veo explicando mis conocimientos y disfrutando con ello. Y, cuando haces algo y lo disfrutas, es contagioso.
En esos momentos me he olvidado de todo lo demás. Y, cuando nos hemos querido dar cuenta, eran casi las seis.
Siento que mi corazón no es libre. ¿Por qué no puedo sacármelo de dentro? Hoy he vuelto a hablar con alguien muy cercano a él. A la hora de elegir, R. me ha dicho: "¿Se puede saber por qué le sacas tanto la cara?". Me he encogido de hombros, pero por dentro pensaba: "Tiene un aire a la otra persona, me cae bien, y lo de sacarle la cara es algo inconsciente". Después le he llamado. Me costaba al principio, ya no me cuesta nada, y menos si es para dar una buena noticia.
Es sorprendente cómo tengo tratos con un sinfín de gente de su entorno, cómo me encuentro con sus compañeros, con gente de su círculo, con sus amigos... pero él es como si se hubiera convertido en alguien invisible, como si se hubiera esfumado, como si se lo hubiera tragado la tierra. Cada noche les pregunto a las estrellas qué hará, dónde estará, con quién estará... pero nunca obtengo respuestas. Vuelve a aparecer esa desazón que había desaparecido momentáneamente, pero hoy he descubierto el truco para no sentirme tan infeliz: mantener mi cabeza ocupada en cualquier cosa que me haga disfrutar.

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