viernes, abril 16, 2010

El alma errante

Lo que el lunes veía como una propuesta magnífica de fin de semana, a medida que éste se acerca tengo menos ganas de ir con quien deseaba tanto ir. Es como si la idea de estar cuatro o cinco horas con él fuera una experiencia terrible por la que no quiero pasar. De todas formas, es fácil deducir lo que haría él si me mantengo en la decisión de principios de semana.
Tampoco tengo ganas de salir, ni de fiesta. Lo que me apetece de verdad es descansar, pero no físicamente, sino permitir a mi cabeza descansar. Me resulta muy complicado dejar la mente en blanco cuando una imagen viene y va una y otra vez.
Me gustaría abrir los ojos una mañana y permitirme sonreír pensando en que todo ha sido un mal sueño, que esa persona jamás existió más que en mi imaginación, pero yo sé que está ahí porque he percibido sensaciones únicas cuando él estaba cerca, porque le he tocado, le he mirado, le he escuchado... y no puedo negar algo tan real. Al pensar en él anoche, intentando soñar, comprendía que no era tan fácil cerrar los ojos y no pensar en nada; la imagen de ese ángel plateado revoloteaba junto a mí y me resultaba muy difícil apartarlo de mí. Y luego pensaba en lo poco que cuesta escribir un mensaje. La frontera entre un estado álgido de felicidad y el peor tormento acarreado por una tristeza infinita es ese único mensaje. Con una palabra hubiera bastado y, sin embargo, nunca llegó a escribirlo. ¿Por qué...? Creo que nunca tendré la respuesta.
¿Mañana? El esfuerzo me resulta extremo. Por eso no quiero ir con ellos. Es posible que mirara la dulzura de esos ojos y me echara a llorar. Y no quiero que él me vea en este estado en que mi alma vagabundea de un modo lamentable. No puedo permitir que él descubra que lo que podía haber hecho y no hizo me ha afectado tanto.

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