jueves, abril 15, 2010

Ilusiones despedazadas al compás de unos acordes incomprensibles de un tiempo que nunca existió

Ojalá pudiera mantenerme en silencio, pero algo dentro de mí no me permite hacerlo. No puedo. No consigo acallar mis lágrimas por mucho que lo intento.
Lloro.
Lloro porque cuando lo hago siento que él está más cerca. Siento su presencia, siento cómo algo de él se desliza por mi rostro, siento cómo llena mis ojos de falsas esperanzas que terminan ahogándose en mi alma.
Es algo que no controlo. No puedo controlar todo aquello que siento. Y no quiero admitirlo, porque duele. Me duele pensar que le amo, me duele pensar que no puedo decírselo.

Cada vez que mi corazón se expresa lo hace por el negro de sus ojos, el brillo que hay en ellos. Por la alegría que me contagia su sonrisa, por la sonoridad de su voz. El anhelo del roce de sus manos. El deseo de querer cobijarme entre sus brazos, de hundirme entre sus piernas, de ahogarme en sus labios…
Cada acorde que suena me atraviesa por dentro con su negro cantar. La nota de aquella canción. Las palabras que nunca se escucharon. Las frases que vuelan con el tiempo.
Siento que tiemblo cuando me mira, incluso cuando no lo hace, cuando no está, cuando siento que está tan lejos. Y a la vez tan cerca.
Al releer todo lo que he escrito en los últimos meses, comprendo que sin él muchas de esas historias jamás hubieran existido, nunca se hubieran plasmado. Sin él no habría tinta con significado, no habría fragmentos cargados de sentimientos, no existirían los sueños…

Sueños… Soñar cada noche con él, incluso cuando estoy despierta, a medida que pasan las horas. Abrir los ojos cada mañana soñando con él. Escribirlo. Leerlo de nuevo. Y llorar. Permitir que pasen las horas pasivamente, dejándome morir en cada minuto para volver a nacer en el siguiente. Descubrir la tristeza del vacío, la melancolía de los sueños rotos, la decrepitud de las ilusiones perdidas. Volver a posar la cabeza en la almohada, para contarle secretos y arrebujarme entre las sábanas, sabiendo que algo en mí muere cada día y que mañana volverá a estar cargado de la melancolía que llega con su ausencia. Saber que todo lo que antes me hacía vivir hoy me está matando por dentro. Ignorar sus recuerdos, evitar a toda costa todo aquello que me hace daño. Intentar leer palabras incomprensibles, buscar fragmentos de amor en cada página, saborear las lágrimas saladas que resbalan por mi rostro, sin saber muy bien qué hacer, qué decir, intentando expulsarlo todo sin éxito. Todo sigue ahí, y lo que mata es aquello que se ha asentado ahí dentro y que no puedo sacar. Dormir con la mente en blanco, sabiéndome infeliz. Intentando dar la espalda a unos sueños que terminarán por traicionarme, porque su imagen traslúcida sigue ahí.

Llorar cada vez, de nuevo, como si fuera la primera vez, agarrada a ese resquicio de aire que me termina hundiendo cada vez un poco más, ese resquicio de aire que me asfixia cada vez al respirar. Porque no hay oxígeno suficiente que me haga revivir si no me lo da él.
Intento ocultar mis fantasías con escudos blindados para que no salgan a la luz. Intento esconder mis sentimientos, mis palabras, mis lágrimas. Intento enmascarar mis ojos, que ahora miran sin pasión, que ahora observan un poco más muertos que vivos, que ven sin ver. Derramo besos invisibles contra las paredes y pliego mis párpados, intentando ocultar las lágrimas que pugnan por salir. Camino por un terreno cubierto de esperanzas pisoteadas.
Lo único que consigo es torturarme una vez más.
Esto sólo tiene una definición. Se le llama amor.

Quedan tantas cosas que decir, tantas palabras que no pueden salir…

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