martes, abril 27, 2010

Olor a azahar


Una de las ciudades que mejores recuerdos me trae es Córdoba. Lo primero que notaron mis sentidos, nada más apearme del tren, fue un intenso olor de azahar. Toda la ciudad tenía un penetrante y dulzón olor a azahar. Reconozco que, después, cuando he vuelto a sentir ese aroma Córdoba ha vuelto a ocupar imágenes de mi mente.
No todas las ciudades nos llegan tan adentro. Córdoba no es una ciudad que se pueda calificar únicamente por su fragancia en todas las calles, sino en su conjunto, caracterizada por una serie de detalles que la convierten en una ciudad única: las calles empedradas, la impresionante mezquita, las gitanas 'leedoras' del futuro en sus múltiples puertas, las estrechas calles con casas pintadas en blanco y amarillo, las ventanas con intrincados forjados de hierro, los carruajes paseando por sus largas callejuelas empedradas, los patios floridos, con sus fuentes, sus macetas, sus palmeras, los jardines del Alcázar, la simpatía de sus gentes, la sinagoga...
Es difícil describir lo que sienten los sentidos (valga la redundancia) en lugares así. Córdoba es una ciudad muy señorial. La fama que se llevan ciudades como Sevilla y Granada no le hacen justicia. De todas formas, Córdoba no necesita esa fama pues la ciudad susurra por sí sola, rezuma y se muestra orgullosa a todo aquel que tenga el placer de recorrer sus calles con olor a azahar.
Si tuviera que volver a Córdoba, tendría muy claro con quién me gustaría ir, quizás por la simple razón de compartir con él todo lo que allí sentí cuando visité la ciudad hace tres años.

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