martes, abril 20, 2010

Las cosas importantes de la vida

Hace tres años exactos, recibía la cruenta noticia de que mi tío se nos iba. Que podía dejarnos una semana después, dos meses más tarde o quizás llegara a fin de año.

El 7 de abril de 2007 yo escribí algo tan doloroso como esto: "Cuando el final está cerca:
Es cuestión de días, ya no esperas más, porque sabes que cualquier día esa persona dejará de respirar. Quizás vaya a un sitio mejor. Sé que mi tío sufre. Hoy le he visto, estaba cambiado. Tenía la cara hinchada. Temo que lo que tiene dentro cualquier día de estos explote.
Él es consciente de todo. Sabe lo que piensa la gente cuando le miran. Es difícil disimular. Todos le cuidamos mucho. Pero no es suficiente. No se puede hacer nada.
Me cuesta hacerme a la idea. Es muy duro tener que escuchar cómo te preguntan si tienes un traje negro, sobre todo cuando sabes qué significa esa pregunta. Todos se han concienciado para lo peor. A mí me cuesta muchísimo aceptarlo o simplemente no quiero oír hablar del tema. No me hago a la idea de que un día mi tío dejará de estar entre nosotros. No quiero ni pensarlo, pero es algo que me ronda por la cabeza desde el día que recibí la fatal llamada para asimilarlo todo de golpe.
Todos esperamos algo en esta vida. Mi tío espera pacientemente a la mujer de la guadaña. Y cualquier día puede venir. Ojalá sea una larga espera. Leo la tristeza en sus ojos, el hecho de saber que quizás no llegará a la próxima Navidad o que el sábado sea la última vez que me pueda decir Felicidades.
Me cuesta morderme la lengua y necesito desahogarme con este tema. En mi casa hay mucho de tabú. Cada uno lleva el tormento a su manera y la procesión va por dentro de cada uno. De hecho el que más sufre de todos es mi padre; como hermano mayor quizás se lleva la peor parte.
Sé que parezco dura con esto, quizás algo fría, y a pesar de todo no lo he asimilado. Sé que el día que reciba una llamada para venir a decir el último adiós a mi tío me derrumbaré. Ojalá sea dentro de mucho tiempo, pues siempre y sobre todo ante las adversidades de la vida, siempre queda la esperanza. A mí me queda la esperanza y el deseo de pasar mucho más tiempo junto a mi tío".

Mi tío falleció el 12 de septiembre de 2007. Aún pude disfrutar varios meses de su presencia, de sus bromas, fui capaz de leer en sus ojos la fuerza de vivir, las ganas que tenía por seguir adelante, viviendo cada momento al máximo. Iba a verle siempre que tenía un momento libre, le contaba secretillos que a nadie más le confiaba...
En abril, pocos días antes de escribir lo anterior yo había recibido una noticia fatal: la vida de mi tío se agotaba como los granos cayendo de un reloj de arena. Podía ser hoy, la próxima semana o el próximo mes. No le dieron más de dos meses, estuvo con nosotros cinco desde la terrible noticia. En ningún momento le contamos que el final se acercaba, porque no hubiera podido soportarlo. De haber sabido la cruel realidad, mi tío no hubiera durado ni un mes.
En ese lejano mes de abril yo intentaba concienciarme de lo que nos esperaba. Siempre quedaba la esperanza, una esperanza vana cuando ya no hay vuelta de hoja, cuando te han dicho "esto es así, no puede ser de otra manera". Y no somos dioses para cambiarlo. El destino de mi tío ya había sido escrito y los médicos sólo se equivocaron en el tiempo que le quedaba para el final. Aguantó mucho más porque estuvo rodeado de amor durante aquellos meses que ahora parecen tan lejanos.

¿Por qué hablo de esto? La historia se repite, la historia siempre se repite. El cáncer es una fatídica enfermedad que se lleva a muchos consigo dejando un amargo sabor de boca a los que están alrededor. Vuelve a tocarme de cerca, pero no de forma directa. Se trata de la madre de una de mis compañeras de trabajo: un año luchando contra un virus fatal, dos operaciones y hoy le han dicho que la metástasis se ha extendido, que todo ha ido mal, muy mal. De nuevo me encuentro con los mismos signos que invadieron la vida de mi tío en sus últimos años: metástasis, sesiones de quimio y radioterapia (aunque a ella ni siquiera le han dado esta posibilidad), oncólogos, cirujanos... Y me encuentro, de repente, rodeando a B. con mis brazos, reconfortándola, permitiéndole llorar en mi hombro, instándola a desahogarse... B., cargada de ilusiones ante su próxima boda, un futuro prometedor, y sus ilusiones truncadas en un breve instante. A ella, al menos, le queda la esperanza. Yo sólo puedo desearle lo mejor a su madre.

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