
Cuando he abierto la puerta, me he quedado anonadada. Esa misma persona es a la que un día silbé desde la ventana, a quien a veces equivoco con otra persona. Le silbé porque pensaba que era la otra persona, porque de lejos podrían pasar por dobles. Sólo que la otra persona no tiene acento argentino y su voz es mucho más sensual. Pero el parecido es impresionante. De cerca ya no. Éste desviaba la vista con nerviosismo.
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