
Este domingo ha sido algo extraño. Muy extraño. Me encuentro melancólica y, sin embargo, no me arrepiento del mensaje de cuando llegué a casa. Creo que llevaba días deseando decirle algo, que entre líneas sólo significa que de vez en cuando me acuerdo de él, aunque no le vea. A veces me da la sensación de que voy a escribirle un correo electrónico, aunque luego me termine echando para atrás.
Necesito un descanso. Ayer hubo alguien que me preguntó por qué estaba tan callada. Le dije que me deprimía cumplir un año más. Sólo cuando me enseñó mi nombre escrito en su móvil le miré con ojos extraños (mi nombre en diminutivo sólo lo usan unas pocas personas), me alejé del taburete y me fui. Miré hacia atrás una vez: donde estábamos anoche estuve hace unos meses con otras personas, con alguien que no me importaría que usara el diminutivo de mi nombre, y no hubiera tenido prisa por marchar.
Realmente estaba aburrida. Es como si no me interesara lo más mínimo lo que la gente dice, como si me faltara algo, como si sólo hubiera una persona en el mundo capaz de llenar todo eso. Con mis amigos no me aburro, pero llega un momento en que las conversaciones derivan siempre en lo mismo, con las mismas bromas y las mismas palabras, es todo demasiado rutinario. Las personas que se nos unieron a última hora me hicieron desconectar. En ese momento fue cuando estuve a punto de sacar el móvil. Mi corazón me decía: "Escríbeme, pregúntale dónde está...". No me quité esa idea de la cabeza hasta que llegué a casa y seguí las pautas que regía mi corazón.
No puedo dejar de quererle. Para ello, tendría que arrancarme el corazón.
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