jueves, abril 08, 2010

Cuando todo está en calma

Siento una calma inusual, como si precediera a una tormenta, aunque no hay visos de tempestad en el horizonte.
Después de un día ajetreado, es necesario dedicar unos minutos a la reflexión. Y qué mejor forma de hacer una pausa pensando en él, en que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que le vi, en que han pasado casi tres meses desde la última vez que tuve ocasión de escuchar su voz. Temo poder olvidarme de él, aunque no creo que la cuestión sea olvidar, porque olvidar es imposible; lo que realmente temo es que se difuminen sus rasgos, en que pueda verlo por la calle y me cueste reconocerlo (como me pasó el otro día, que dudo si era él o no); temo que un día amanezca y no pueda recordar cómo es su mirada, cómo suena su voz, cómo es la textura de sus dedos, cómo es su sonrisa...
Le echo muchísimo de menos. Echo mucho de menos contener la respiración cuando él está delante, ruborizarme al no atreverme a mirarle a los ojos, que me tiemblen las manos cuando está presente, que me ponga a mirar a cualquier sitio sin ver realmente nada. Echo muchísimo de menos compartir cosas con él, preguntar su opinión, escribirle e-mails... De repente, siento que se me encoge el alma, que estoy a punto de llorar y que no me veo capaz de hacer ninguna de esas cosas. Ni siquiera me atrevo a decirle que el miércoles es mi cumpleaños (lo que me llevaría a un "¿puedo pasarme por ahí a llevarte pasteles?" o "¿esta vez podré invitarte a tomar algo?").
En estos momentos me siento como si me hubieran dado alas, pero me las hubieran quitado incluso antes de aprender a volar.

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