domingo, abril 04, 2010

Cantabria: A todos los sitios tarde (1 a 4 de abril)

Playa de la Concha, Suances
Teníamos reservado un apartamento para ocho en Suances, a 50 metros de la playa, desde el jueves hasta el domingo. El apartamento no estaba mal y era verdad que la playa estaba a unos pocos pasos. El único inconveniente era que había un único cuarto de baño, así que era un poco caos a la hora de turnarse para ir al baño. Lo cierto es que yo enseguida cogía mis cosas y pillaba el baño en primer lugar, quizás porque prefería terminar la primera, aunque luego tuviera que esperar. En esas esperas solía coger un libro para leer o me ponía a escribir postales que nunca llegarán a manos del destinatario, pero en esos momentos las esperas se me hacían menos arduas.
Suances
El jueves 1 de abril amaneció nublado. Todos habíamos comprobado el tiempo en Cantabria y pensábamos que iba a llover mucho. A las 9.30h. estábamos los ocho en la plaza, con dos coches, miles de bolsas de comida y pensando cómo meteríamos las inmensas maletas en el coche, pero nos cupo todo y no tardamos mucho en ponernos en la carretera en dirección a Burgos. En ningún momento, en los siguientes días, se nos ocurrió cambiar de compañeros de viaje o de coche, así que cada vez que nos íbamos a algún sitio siempre estábamos el mismo grupo. Íbamos ocho amigos y hemos vuelto cuatro matrimonios. Eso ha sido porque, al devolver las llaves, el dueño del apartamento nos ha visto a todos y pensaba que éramos matrimonios jóvenes. Así que nos hemos marchado burlándonos de la situación.
Llegamos a Suances, tras dos paradas, casi al mediodía y tuvimos que esperar a que nos dieran las llaves y para pagar. Desde la calle donde esperábamos se veía el mar en calma, bajo un sol primaveral que para nada vaticinaba lluvias. Después de echar cuentas y vaciar los coches cogimos el paseo de la playa buscando un lugar para comer. Nos gustó un sitio donde tenían variedad de paellas y a la mayoría nos apetecía comer paella. Pero había una fila enorme de espera para entrar al comedor. Reservamos para las 15.30h. y nos fuimos a tomar unas cañas. Ese primer día salimos de comer a las 18.00h., así que estábamos todos un poco desorientados. Los chicos decidieron marcharse al apartamento a jugar al póker y las chicas decidimos ir al centro, pese a que sabíamos que estaba lejos. Por la mañana habíamos pasado por allí y Suances es un pueblo grande y alargado, en pendiente; había que seguir la carretera llena de curvas para llegar al centro del pueblo. Pero antes optamos por ir a la playa.
Mi paseo por la arena de la playa
A mí me apetecía caminar descalza por la playa y me metí en la arena, llegué hasta donde el mar se unía con la playa y me mojé los pies, sintiendo cada grano de arena en las plantas como una sutil caricia reconfortante. Observé la lejanía azul, la tranquilidad al alcance de la mano y, en esos momentos, pensé en la única persona con la que me gustaría pasear por aquella playa, cogidos de la mano, escuchando las olas que vienen y van…
Vista de la costa de Suances
Mis amigas caminaban por el paseo y decidí salir de la arena para reanudar el camino con ellas, encontrar unas larguísimas escaleras que nos llevaran a la parte de la carretera que quedaba más arriba, seguir subiendo, incluso preguntando, para llegar a una plaza que no tenía nada más que unos pocos bares y algunas tiendas cerradas. En medio, un monumento de piedra al pescador y unos jardines con un mirador desde donde se veía todo el litoral de Suances, allí abajo. Esos jardines estaban abiertos al público, pero en realidad formaban parte de un restaurante para bodas que en esos momentos no se estaba usando.
Pendiente en Suances
Allí nos sentamos en una terraza a tomar unas cervezas, a descansar tras la caminata que nos había de dejar las piernas con agujetas que aparecerían al día siguiente y no se quitarían en todo el viaje, y optamos por bajar de nuevo al apartamento. El regreso fue muy rápido pues era todo bajada. Cuando entramos en nuestro salón había una humareda muy intensa y los chicos seguían jugando al póker, concentradísimos. Ese día decidimos cenar en casa, porque con toda la comida que habíamos llevado… Entre todos pusimos la mesa, recogimos el salón, preparamos sándwiches y pizzas y cenamos. Nos apalancamos bastante en la sobremesa, donde llegó el alcohol y una partida de Party, al que personalmente hacía años que no jugaba. Ni siquiera la terminamos, enseguida miraron la hora (1.30h.) y se levantó el chiringuito. M. y yo decidimos quedarnos, porque queríamos descansar; el resto se marcharon y, cuando llegaron dos horas después, nos despertaron.
Teleférico de Fuente Dé
Al día siguiente sonaron las alarmas de varios móviles y en cuanto lo escuché volé al cuarto de baño antes de que alguien lo ocupara, para ducharme y prepararme cuanto antes, pensando en el desayuno que me iba a tomar. Todos nuestros desayunos constaban de un bocadillo de Nutella con café recién hecho. Eran las doce cuando salíamos del apartamento para irnos a los Picos de Europa, en concreto a Fuente Dé, un lugar en el corazón de las montañas donde podíamos coger un teleférico para subir a las cimas cercanas y ver toda la cordillera.
Picos de Europa
La carretera por donde pasábamos era de montaña, con curvas muy cerradas y sin arcén, con el río Deva corriendo paralelo a nosotros. La carretera de montaña nos dejó en Fuente Dé casi a la hora de comer y allí nos dijeron que habíamos de esperar de tres a cuatro horas para poder subir.
Carretera, bajando de Fuente Dé
Como aquello estaba lejos de la civilización, optamos por comer en uno de los dos restaurantes que había y marchar a Potes después.
Fuente Dé
El paisaje era precioso, porque se veían las cumbres nevadas a lo lejos. También se notaba allí un aire más frío, y tuvimos que caminar como un kilómetro porque no se podía aparcar siquiera cerca de donde estaba el famoso teleférico.
Potes
Un rato después nos encontrábamos en Potes, un pequeño pueblo de piedra con viejas casonas señoriales con escudos de armas en sus fachadas. Potes, sin embargo, es un pueblo turístico para ir a pasear por sus calles empedradas, admirar su céntrica Torre del Infantado (donde se ubica el Ayuntamiento) y, si acaso, comprar alguno de los productos típicos: embutidos, quesos, orujo, miel, hortalizas, etc.
Torre del Infantado, Potes
Ni que decir tiene que Potes estaba lleno de gente por todos sus rincones. Cruzamos sus puentes de piedra varias veces y vimos de lejos el patio de un museo rural que estaba cerrado en esos momentos, con animales de pega que, en principio, nos parecieron de verdad. En Potes incluso hay un monumento al orujo.
Monumento al Orujo, Potes
Es un pueblo con un encanto especial, aunque demasiado corrompido por el turismo, lo que es una pena.
Silueta de San Vicente de la Barquera
Como aún era pronto, decidimos llegar a la autovía y desviarnos a San Vicente de la Barquera, donde yo ya había estado en varias ocasiones. Allí caminamos junto a la ría, admiramos los barcos pesqueros, compramos el periódico La Rioja, tomamos un chocolate caliente con corbatas (dulces típicos de hojaldre que tienen forma de la prenda de vestir que les da el nombre) y decidimos marchar.
Barcos anclados en el puerto de San Vicente de la Barquera
Ese día tocaba cenar fuera, así que seguimos el paseo de la playa hasta encontrar un lugar donde no hubiera que esperar mucho. Cenamos bien esa noche. Después nos fuimos de fiesta, pero la zona de fiesta que, además, nos pillaba cerca del apartamento, estaba vacía. Yo empecé a pensar en una persona, sentía las bolas de las piernas como pequeños alfileres haciendo cosquillas un poco dolorosas, y decidí marchar a dormir. Los demás no tardaron mucho, viendo el ambiente…
Iglesia de Cabezón de la Sal
El sábado amanecía parecido al anterior. Volví a ser la primera en levantarme y pillar el baño. Cuando salimos del apartamento era tarde. Ese día fue el de Ana y los siete. Ana no iba a las cuevas porque varios días atrás había dicho que no le cogieran entradas, así que tenía dos opciones: quedarse en Suances y visitar el famoso faro o ir con el resto y bajar en Cabezón de la Sal, que quedaba en el camino. Así que mientras que el resto visitaba las Cuevas del Soplao, a cuya cita también llegaron tarde, yo estuve viendo Cabezón de la Sal que tenía el mercadillo de los sábados por todas las calles del centro. Además tenía una tarea: buscar un restaurante para comer todos. No tardé mucho en buscar información sobre los lugares para comer. Pero aquel pueblo se veía enseguida, así que, mientras venían los demás, entré en una cervecería que se llamaba El Vagón y estaba decorada como un vagón de tren de principios de siglo XX. Me gustó la decoración de aquel lugar.
Cervecería El Vagón, Cabezón de la Sal
A las tres de la tarde, ya iba por mi tercera caña cuando me sonó el móvil: los demás comerían en el camino porque iban con retraso. Así que comí unos caparrones con chorizo en aquel mismo lugar. Un rato después ya había quedado con los demás en el mismo lugar donde me habían dejado por la mañana y les había comentado que Cabezón de la Sal no merecía la pena ni para tomar un café.
Panorámica desde un mirador del Parque de Cabárceno
Cogimos la dirección de Santander, para ir al Parque de Cabárceno. Algunos ya lo habían visto, yo nunca había estado. Lo que no esperaba era aquel paraje para visitarlo en coche. Tiene 30 kilómetros de recorrido y a algunos animales se les ve de lejos. El trayecto completo dura unas cuatro horas, aunque nosotros optamos por buscar los animales que más nos interesaban: bisontes, leones, tigres, gorilas (estaban en un recinto que ya había cerrado), lobos, linces, etc. Cuando recogimos a las dos que se habían quedado en el pueblo, hacía mucho frío. Esa noche tocaba cenar en casa, aunque antes estuvimos tumbados un rato. Y ahí fue cuando las chicas aprendimos a jugar al póker y nos enganchamos, tanto que I. y yo vamos a comprar entre las dos un set de póker para seguir jugando. Mi amiga M. había decidido quedarse y se había puesto el pijama, mientras que a mí me dolía la tripa por el período premenstrual, y volvimos a quedarnos a dormir, aunque estuvimos hablando un rato y yo opté, finalmente, por ir a preparar la maleta y ponerme el pijama.
Animales en Cabárceno:

Esta mañana a las doce estábamos preparados para salir y, entonces, ha ocurrido lo de la llave del coche, por lo que en vez de estar a la hora de comer en casa, hemos parado por el camino para engullir un bocata rápido. El pueblo donde hemos parado estaba a ocho kilómetros de Burgos y se llamaba Sotopalacios.
Cuando hemos llegado a nuestro pueblo, sólo quedaba saldar cuentas, porque pagando gasolina y cerrajero, nos sobraban 72 € a repartir entre todos.
M. y yo estamos acostumbradas a viajar de otra manera. Yo no tenía ganas de fiestas, aunque el día que salimos me supo el Ballantine’s (el mismo que dije hace unas semanas que no iba a probar más) a gloria. En esos momentos en que estábamos en un bar inmenso, aunque vacío, tuve que reprimir los impulsos de enviar un mensaje por el móvil. Si me hubiera tomado alguna copa más igual hubiera caído en la tentación. Es posible que esa persona sea una tentación.
Tengo las piernas con agujetas, aunque no tan pronunciadas como ayer; lo peor son mis riñones que han chupado humedad, ya que dormía en un colchón en el suelo. Lo mejor son los recuerdos, lo bien que lo hemos pasado, lo que nos hemos reído, lo que hemos visitado y es que el grupo se acopló a la perfección (incluso yo me adapté a seguir ese ritmo tan pausado para todo), y no nos importaba llegar tarde a todos los sitios, aunque lo del teleférico nos fastidió un poco.
Vista de la playa, antes de marchar, con el oleaje bravo
Una curiosidad que encontramos allí fue la máquina destiladora de leche. En algunos sitios había largas filas para comprar un vaso de leche.

3 comentarios:

Carol dijo...

Huy, ese mismo viaje lo hicieron mis padres hace un par de años. Teneis casi las mismas fotos xD

Re-Bienvenida a la bloggesfera, K ^^

K dijo...

En Cantabria había estado varias veces, pero siempre hay algo por conocer. Por ejemplo, San Vicente de la Barquera ya lo conocía de otras dos veces anteriores. No me importó no visitar Comillas (que es precioso) o Santillana del Mar (donde también he estado). Además, estuve en Altamira en dos ocasiones (una con mis padres y otra de excursión) cuando era una jovenzuela. Llevan cerradas unos cuantos años, lo que es una verdadera lástima. Y en Santander he estado varias veces. Desde Cabárceno se veía a un lado Santander y al otro lado un paisaje lleno de prados y vaquitas. Era precioso.

K dijo...

Ah, ya no volveré a desaparecer tantos días, porque en cuanto tenga la Blackberry podré conectarme desde cualquier lugar. Incluso desde Japón.