Yoguito necesita de mí más de lo que yo quisiera: en cuanto no le hago caso, posa sus patas delanteras en mis rodillas para que le coja. Esta tarde lo ha hecho varias veces, pero en cuanto le cojo se pone a mirar por la ventana. Siento que él quiere ir a la calle y se me pone a llorar. Así que al final le he llevado al jardín, donde empieza a correr como loco por el césped. Pero ha aprendido algo que el año pasado no sabía: ha aprendido cómo salir a la calle y su pequeño cuerpecito no tiene dificultad para colarse entre las rejas. Cuando se ha cansado del césped, se me ha escapado a la calle y he tenido que ir a por él, porque junto a mi casa pasa la carretera y temo que pueda pillarle algún coche.
Ahora se lo han llevado los niños al frontón. Quizás ahora pueda relajarme, a ver si se me pasa el dolor de cabeza que acarreo desde que me he levantado esta mañana.
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