Lo cierto es que hay muy pocas películas que den tanto con tan poco. Es una historia que nos llega al corazón: con sus alegrías, con sus penas, con los recuerdos, con los deseos... Es la historia de un niño que creció junto a un cine mítico, el único lugar que daba a los habitantes del pequeño pueblo siciliano de Giancaldo un rato de diversión. El niño descubre junto a un mentor de lujo un mundo que va mucho más allá de aquel pequeño pueblo donde transcurre su vida. Pero la vida no es una película, es mucho más difícil...
Una de las cosas que ofrece la película es una época de cambios en el séptimo arte. Es la época dorada del cine, antes de la llegada de la televisión; una época de censura y el fin de la misma con la llegada de un pudoroso destape; la llegada de máquinas más modernas. Es un tiempo en que, lentamente, vamos viendo los pequeños progresos... Y a la vez descubrimos cómo las mentes cerradas de los habitantes del pequeño pueblo se van abriendo y empiezan a adoptar las novedades.
- Has vuelto. Pese a que te dije que no lo hicieras...
- Quería verte, verte por última vez.
- Pero yo no quería oírte hablar. Sólo oír hablar de ti.
- ¿Cómo no iba a venir a despedirte? Al igual que hiciera hace ya casi treinta años.
- Giancaldo ya no tiene nada para ti.
- Te equivocas, Alfredo. Tiene el final perfecto para esta película.
- La vida, Totó, no es como las películas, es más dura, más difícil.
- Sí, lo sé. Eso me lo enseñaste tú.
- Tan sólo quería hacerte feliz, Totò. Vivías por y para el cine. Ahora el cine es sólo un sueño.
- No, Alfredo. Miles de personas nos han visto reír, llorar, disfrutar del cine y vivir la vida, nuestra vida, con el corazón encogido. Pero también han reído, han soñado, han recordado con nostalgia cosas de su infancia, tan parecida a la mía. Eso no sólo no ha muerto, sino que vivirá por siempre en el imaginario colectivo, y tú, que hoy mueres por última vez, no desapareces, porque serás por siempre recordado, y tendrás un hueco en tantos corazones. Esto no lo dijo John Wayne, ni Clark Gable. Esto lo digo yo. Vayas donde vayas, viejo amigo, buen viaje y no te olvides de nosotros, porque nosotros no te vamos a poder olvidar a ti.
Totò (Salvatore Cascio) es un niño italiano muy despierto que siempre está donde no debe estar. De las cosas que más le llaman la atención del pueblo donde vive destacan las películas que se proyectan en el Cinema Paradiso. Al principio, espía al padre Adelfio (Leopoldo Trieste), que en una época de posguerras se dedica a aplicar la censura en lo que él llama pornográfico, como son besos y escotes. Totò busca el acercamiento que acortará las distancias hacia su cinefilia: Alfredo (Philippe Noiret). El operador del cine se pasa muchas horas en la cabina solo hasta que Totò se erige como su ayudante y aprende el oficio. Aparte de ver las películas gratis, descubrir la felicidad de la gente, hacerse amigo de Alfredo... aprende las enseñanzas de la vida de manos de Alfredo, que sustituye al padre que fue a la guerra, es lo más parecido a un padre que ha tenido Totò nunca. El final de la infancia comienza con el incendio del cine, la reconstrucción del mismo y la ceguera de Alfredo. Será pues Totò quien se encargue de pasar las películas... sin censura.
Totò (Marco Leonardi) se convierte en un joven bien dispuesto. Con su paga se ha podido comprar una cámara de vídeo y así conoce a Elena Mendola (Agnese Nano), de la que se enamora perdidamente. Pero el padre de ella no está dispuesto a consentir esa relación, así que se marchan del pueblo y Totò pierde la pista de su amada, a la que no volverá a ver nunca.
Totò no tiene a nadie más que a Alfredo, su madre y su hermana que le anclen al pueblo. Y es Alfredo el que le empuja para que vaya a Roma, para que conozca el mundo, ese mundo que ha visto a través de las películas, para que se convierta en un hombre de mundo, pues allí el muchacho no tiene más que un futuro difuso.
Y Totò se enriquece en Roma. No ha vuelto al pueblo que le vio nacer en treinta años. No se ha enamorado de otra mujer, aunque ha conocido a muchas. Se ha olvidado de todas sus ataduras... hasta que una llamada le hace regresar: Alfredo ha muerto.
Un Totò adulto (Jacques Perrin) recuerda todas las enseñanzas de aquel que hizo de padre en su infancia y adolescencia, recuerda los momentos de cine en la cabina del Paradiso, recuerda su primer amor... Y al volver la vista descubre el viejo cine a punto de ser derruido, el viejo cine donde tanto tiempo pasó, donde tantas cosas aprendió, donde tantos momentos compartió con Alfredo... el que le hizo volar lejos, el que le hizo convertir sus sueños en realidad.
Una vez un rey celebró una fiesta. A ella fueron las princesas más bellas del reino. Un soldado que hacía la guardia vio pasar a la hija del rey. Era la más bella de todas... y se enamoró enseguida. Pero... pero ¿qué podía hacer un pobre soldado en comparación con la hija del rey?
En fin... un buen día consiguió hablar con ella y le dijo que no podía vivir sin estar a su lado. La princesa quedó tan impresionada por su fuerte sentimiento que le dijo al soldado: "Si consigues esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final seré tuya".
Y, a partir de ese instante, el soldado se fue allí y la esperó un día, y dos días, y diez, y luego veinte... y cada noche la princesa le observaba desde la ventana pero él no se movía nunca. Con la lluvia, con el viento, con la nieve... siempre estaba allí. Los pájaros se le cagaban encima y las abejas se lo comían vivo, pero él no se movía.
Después de noventa días... estaba tremendamente delgado, pálido, al pobre le resbalaban las lágrimas de los ojos y no podía contenerlas, ya no le quedaban ni fuerzas para dormir. Mientras, la princesa seguía observándole, y... al llegar la noche noventa y nueve... el soldado se incorporó, cogió la silla... ¡y se largó de allí!

Una de las cosas que ofrece la película es una época de cambios en el séptimo arte. Es la época dorada del cine, antes de la llegada de la televisión; una época de censura y el fin de la misma con la llegada de un pudoroso destape; la llegada de máquinas más modernas. Es un tiempo en que, lentamente, vamos viendo los pequeños progresos... Y a la vez descubrimos cómo las mentes cerradas de los habitantes del pequeño pueblo se van abriendo y empiezan a adoptar las novedades.
- Has vuelto. Pese a que te dije que no lo hicieras...
- Quería verte, verte por última vez.
- Pero yo no quería oírte hablar. Sólo oír hablar de ti.
- ¿Cómo no iba a venir a despedirte? Al igual que hiciera hace ya casi treinta años.
- Giancaldo ya no tiene nada para ti.
- Te equivocas, Alfredo. Tiene el final perfecto para esta película.
- La vida, Totó, no es como las películas, es más dura, más difícil.
- Sí, lo sé. Eso me lo enseñaste tú.
- Tan sólo quería hacerte feliz, Totò. Vivías por y para el cine. Ahora el cine es sólo un sueño.
- No, Alfredo. Miles de personas nos han visto reír, llorar, disfrutar del cine y vivir la vida, nuestra vida, con el corazón encogido. Pero también han reído, han soñado, han recordado con nostalgia cosas de su infancia, tan parecida a la mía. Eso no sólo no ha muerto, sino que vivirá por siempre en el imaginario colectivo, y tú, que hoy mueres por última vez, no desapareces, porque serás por siempre recordado, y tendrás un hueco en tantos corazones. Esto no lo dijo John Wayne, ni Clark Gable. Esto lo digo yo. Vayas donde vayas, viejo amigo, buen viaje y no te olvides de nosotros, porque nosotros no te vamos a poder olvidar a ti.
Totò (Salvatore Cascio) es un niño italiano muy despierto que siempre está donde no debe estar. De las cosas que más le llaman la atención del pueblo donde vive destacan las películas que se proyectan en el Cinema Paradiso. Al principio, espía al padre Adelfio (Leopoldo Trieste), que en una época de posguerras se dedica a aplicar la censura en lo que él llama pornográfico, como son besos y escotes. Totò busca el acercamiento que acortará las distancias hacia su cinefilia: Alfredo (Philippe Noiret). El operador del cine se pasa muchas horas en la cabina solo hasta que Totò se erige como su ayudante y aprende el oficio. Aparte de ver las películas gratis, descubrir la felicidad de la gente, hacerse amigo de Alfredo... aprende las enseñanzas de la vida de manos de Alfredo, que sustituye al padre que fue a la guerra, es lo más parecido a un padre que ha tenido Totò nunca. El final de la infancia comienza con el incendio del cine, la reconstrucción del mismo y la ceguera de Alfredo. Será pues Totò quien se encargue de pasar las películas... sin censura.
Totò (Marco Leonardi) se convierte en un joven bien dispuesto. Con su paga se ha podido comprar una cámara de vídeo y así conoce a Elena Mendola (Agnese Nano), de la que se enamora perdidamente. Pero el padre de ella no está dispuesto a consentir esa relación, así que se marchan del pueblo y Totò pierde la pista de su amada, a la que no volverá a ver nunca.
Totò no tiene a nadie más que a Alfredo, su madre y su hermana que le anclen al pueblo. Y es Alfredo el que le empuja para que vaya a Roma, para que conozca el mundo, ese mundo que ha visto a través de las películas, para que se convierta en un hombre de mundo, pues allí el muchacho no tiene más que un futuro difuso.
Y Totò se enriquece en Roma. No ha vuelto al pueblo que le vio nacer en treinta años. No se ha enamorado de otra mujer, aunque ha conocido a muchas. Se ha olvidado de todas sus ataduras... hasta que una llamada le hace regresar: Alfredo ha muerto.
Un Totò adulto (Jacques Perrin) recuerda todas las enseñanzas de aquel que hizo de padre en su infancia y adolescencia, recuerda los momentos de cine en la cabina del Paradiso, recuerda su primer amor... Y al volver la vista descubre el viejo cine a punto de ser derruido, el viejo cine donde tanto tiempo pasó, donde tantas cosas aprendió, donde tantos momentos compartió con Alfredo... el que le hizo volar lejos, el que le hizo convertir sus sueños en realidad.
Una vez un rey celebró una fiesta. A ella fueron las princesas más bellas del reino. Un soldado que hacía la guardia vio pasar a la hija del rey. Era la más bella de todas... y se enamoró enseguida. Pero... pero ¿qué podía hacer un pobre soldado en comparación con la hija del rey?
En fin... un buen día consiguió hablar con ella y le dijo que no podía vivir sin estar a su lado. La princesa quedó tan impresionada por su fuerte sentimiento que le dijo al soldado: "Si consigues esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final seré tuya".
Y, a partir de ese instante, el soldado se fue allí y la esperó un día, y dos días, y diez, y luego veinte... y cada noche la princesa le observaba desde la ventana pero él no se movía nunca. Con la lluvia, con el viento, con la nieve... siempre estaba allí. Los pájaros se le cagaban encima y las abejas se lo comían vivo, pero él no se movía.
Después de noventa días... estaba tremendamente delgado, pálido, al pobre le resbalaban las lágrimas de los ojos y no podía contenerlas, ya no le quedaban ni fuerzas para dormir. Mientras, la princesa seguía observándole, y... al llegar la noche noventa y nueve... el soldado se incorporó, cogió la silla... ¡y se largó de allí!

1 comentario:
Me encanta, una de mia películas favoritas. Y por muchas veces que la vea acabo llorando siempre, y mucho.
Saludos!!!
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