domingo, junio 25, 2006

Vértigo


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La primera vez que fui consciente de mi vértigo tendría cuatro años. A esa edad pocos son los recuerdos que tenemos. Yo las dos cosas que consigo retener en la mente de aquella tierna época son porque produjeron en mí una extraña sensación de miedo.
Vivía a seis kilómetros de mi actual casa, en una "ciudad" más grande. Mi domicilio se ubicaba en un primer piso. Nuestros vecinos tenían una hija adolescente que se ocupaba de mí cuando mis padres tenían alguna eventualidad. Menos mal que fueron pocas las veces que tuvo que cuidarme. No recuerdo su nombre.
Eran fiestas, las primeras fiestas de las que tengo conciencia. Mi joven vecina me llevó a la feria. Entonces debía estar de moda la inmensa barca que iba de un lado a otro. A mi canguro de ocasión, que iba acompañada de sus amigas, le apetecía subirse a la enorme barca con ellas. Debí resultarle un enorme coñazo en aquellos momentos. No quedaba nadie abajo para hacerse cargo de mí. Así que sólo se le ocurrió subirme con ella.
Cuando la barca empezó a tambalearse de un lado para otro, yo empecé a gritar de miedo, empecé a llorar. Esos momentos insufribles se vieron acompañados por las risas de la gente a la que debió hacerle gracia que yo gritara; debía ser la personita más joven de aquel suplicio. Después la calma y el silencio. Tuvieron que parar la barca por mí y bajarme. Esto me lo han contado después.
Nunca volví a montarme en una barca de esas.
Llegaron los años del colegio y las excursiones a sendos parques de atracciones a lo largo y ancho del país. Así en 6º de E.G.B. nos llevaron al desaparecido parque de atracciones de Bilbao, ubicado en lo alto de una montaña desde la que se veía la ciudad metida en una especie de pozo. Al año siguiente fuimos al de Zaragoza, donde nos montamos en unas barcas preciosas. Las barcas eran de cuatro personas. Las que iban en mi barca eran mis mejores amigas del cole: Tamara, Esther y Rosa Mª. Nos montamos una vez y repetimos. Pero la segunda vez no terminamos el trayecto. Se nos ocurrió cruzar la barca entre las paredes de esos canales artificiales. Y nos gustó. Volvimos a hacerlo. Y cada vez que la barca volvía a ponerse recta, la volvíamos a cruzar. El resto de barcas empezaron a amontonarse detrás. Lo que me extraña es que no nos cayéramos ninguna al agua. El encargado de aquella atracción tan llamativa para nosotras vino una vez a decirnos qué pasaba y debimos poner cara de niñas buenas diciendo que se había cruzado la barca y el típico aquel "si nosotras no hemos hecho nada". Con una vara de hierro inmensa la volvió a poner recta. Cuando desapareció de la vista fuimos animadas por la gente de detrás a repetirlo, algunos se cabrearon. Nosotras seguimos a lo nuestro y volvimos a cruzar la barca. La segunda vez que vino el señor arrastró nuestra barca hasta la orilla obligándonos a bajar, ante algunos sonidos de aplausos que llegaban a oirse a nuestras espaldas. A nosotras nos daba miedo la enorme vara de hierro, pero después las carcajadas fueron inmensas.
Un año después visitaríamos el parque de atracciones de Madrid. Allí había una montaña rusa que era nada más un círculo. Daba la vuelta. Me daba miedo, pero las montañas rusas siempre me gustaron. Así que terminé subiendo. Vértigo no me dio, en cambio esa sensación extraña al dar la vuelta me gustó demasiado, tanto como para repetir sin parar.
En la feria de San Mateo me monté varias veces a la noria pensando en que era una manera de retar al vértigo. Ahí arriba, cuando el viento hacía tambalearse aquel caparazón inmenso, pensaba en las cosas más insólitas, como que se desengancharía y caeríamos inevitablemente al suelo. Un día dejé de subir a la noria porque nunca conseguiría vencer el miedo a las alturas.
Una vez me fui de viaje a Lleida. Ramón vivía en un 8º. Me resultaba imposible acercarme a la varandilla de cemento calcáreo para mirar abajo. En cambio me situaba a dos metros y me dedicaba a ver los edificios de alrededor y el cielo ante mis ojos.
La primera vez que fui a Alemania tuve la oportunidad de conocer la ciudad de Köln. Es una zona rica y bulliciosa, donde tienen una cerveza propia, a orillas del Rin y donde está el templo cristiano más importante del país teutón: el Dom, la catedral gótica por excelencia, arquetipo básico que viene plasmado en cualquier libro de arte. Una de las torres estaba abierta al público. Eran las 6 de la tarde cuando un hombre a gritos, con un traje litúrgico muy extraño y con un incensario que movía desde adelante hacia atrás echó a todos los turistas porque la catedral se cerraba a esa hora. Lo último que tuve ocasión de ver antes de que las enormes puertas se cerraran ante mi cara fue el cartel para subir a la torre.
Allí estaba al día siguiente a las 8 de la mañana. Después de doscientos y pico escalones de piedra que subían en espiral y que mareaban si lo pensabas (varias veces estuve a punto de dar media vuelta) llegué al habitáculo donde estaban las campanas. Un rato después seguía acercándome un poco más a los pináculos que raspan con sus puntas el cielo de Colonia. A pesar de que las ventanas estaban enrejadas me dio miedo ver el Rin tan abajo, la enorme estación de tren tan lejana y las casitas tan pequeñas.
Conocí París. Y allí es visita obligatoria la Torre Eiffel. Subí y aguanté el tipo allí arriba, en el tercer piso, mientras el aire azotaba mis mejillas. Aunque no duré mucho tiempo en las alturas. Me dio más pánico sin embargo la Torre Montparnasse, un ascensor directo hasta el antepenúltimo piso y de allí escaleras hasta la terraza, que no estaba muy protegida. Las vistas eran preciosas pues no había rejas que te impidieran ver todo París. El vértigo también aumentó con sólo pensar que de allí podía caerme.
Hace poco me leí un libro de Julio Verne, Viaje al Centro de la Tierra. Antes de emprender el viaje a las entrañas del globo, tío y sobrino visitan una especie de montaña, semejante a una estalacmita gigante surgiendo del suelo, muy estrecha en su tronco y un poco más ancha en la cima. Tal y como Verne lo describió y tan enfrascada estaba en la historia que también me dio vértigo.
He conocido más sitios y estoy segura de que siempre he terminado subiendo, intentando vencer el vértigo. Cuando íbamos de acampadas y subíamos a las montañas eran los momentos en los que menos vértigo me daba, quizás porque formaban parte de la naturaleza. Toqué la punta del Aneto con los dedos sin inmutarme de la altura. Realmente no la toqué porque bajo ese sol veraniego de principios de julio la punta del Aneto estaba con hielo. Nos faltaron los últimos 400 metros por alcanzar, terminantemente prohibido por nuestros guías porque tenían miedo de que alguno de nosotros resbalara. Pero desde donde estaba extendí la mano y cogí la cima del Aneto con las yemas de los dedos. Fue una sensación extraña, digna de repetir.
Con el vértigo se nace. Creo que es algo difícil de superar a lo largo del tiempo, yo lo he intentado y no he podido. Tampoco es difícil convivir con él.

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