
Hacía mucho que no tenía una pesadilla. No hace falta gritar o despertarse en mitad de la noche para tenerla. Aunque yo me he despertado. Sé que mi cabeza no ha descansado lo suficiente por el debate mental que se traía entre manos.
Hace unos años, concretamente en el 2001, opté por olvidar a una persona. Era alguien violento, que fue capaz de levantarme la mano. Nunca la bajó, pero el hecho de que alguien levante la mano como él lo hizo, ese simple gesto, lo fue todo para poner un punto final. Lo que podía haber pasado y, a Dios gracias, no pasó es suficiente para abrir una brecha imposible de arreglar.
Ese ser, para mí insignificante ahora, quizás significó algo en un momento determinado de la vida, fue llevado al olvido, o al menos lo intenté. No me debió salir mal porque, aunque me lo he cruzado ocasionalmente, le miraba como si fuera transparente. Nunca se olvida plenamente a nadie, simplemente terminan en una parte del subconsciente que se va tapando con el peso de otras cosas.
Hoy he soñado con él. No ha sido un buen sueño ya que la historia se ha repetido, diferente en situación pero el momento lo he revivido igual. Sus ojos lobunos, cargados de odio; su mano en alto, cercenándose entre la duda y la acción; sus labios unidos en una línea recta dibujando algo indescriptible...
Las pesadillas son más reales que los sueños. Quería que terminara ya. Y cuando he abierto los ojos es como si me hubiera quitado de encima un enorme peso. Estaba bañada en sudor. Y recuerdo todo perfectamente.
Ahora me doy cuenta de que hay cosas que nunca podré olvidar. Y cuando esté pasando por un mal momento esa pesadilla se repetirá una y otra vez, sin que yo pueda evitarlo. Porque la mente siempre buscará en los rincones más negros para recordarme siempre que, por muy mal que lo esté pasando, existieron tiempos peores.
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