Con las primeras luces del alba me disponía a llenar mochilas y bolsas de ropa y libros para llevarlo al piso en el que viviré los próximos meses.
La única vez que hemos hablado hoy ha sido una conversación llena de melancolía, después he sabido el porqué.
Cuando un poco más tarde de las 8,30 cruzaba Gran Vía, he sentido los últimos coletazos de esa fiesta nocturna que llegaba a su fin. Frente al 24h. aposentado estaba un grupo de jóvenes, estilo grunge, con ansias de desayunar. Si hubiera sido en otra época estarían con litronas, pero ya no venden allí alcohol ni tabaco. He seguido caminando. Me dolía el pie, y cerca ya de mi piso, me he fijado en las cámaras de los nuevos Juzgados, que estarían grabándome a hora tan tempranera. Allí donde hace unos años había un cuartel de la Guardia Civil ahora es un edificio más de la Justicia.
En el piso he empezado a ordenar lo que llevaba. Le he dado colorido a sus blancas paredes. He comprobado lo que hay y lo que debo de comprar. Y después me he vuelto a marchar.
El segundo viaje sería diferente. Esta mañana he sido partícipe de una ciudad que no conocía y me he arrepentido de no llevar la cámara de fotos para inmortalizar esos momentos tan enigmáticos.
Habré visto la torre del Clavero en innumerables ocasiones, pero hoy tenía una luz especial. Brillaba bajo los rayos del sol y para mí ha sido como si fuera la primera vez que la viera. Al volver a pasar frente a las cámaras de seguridad del Juzgado he oído una música que nunca antes había escuchado. Enfrente hay un parque, aunque no conseguía ver lo que allí estaban haciendo.
Tras darle un colorido especial a la cocina y quitar el contacto para la luz y la electricidad he vuelto a salir bajo ese sol bochornoso. Esta vez he visto lo que había en el parque. Eran graffiteros que hacían dibujos en blanco y negro sobre unos paneles que habían colocado allí para la ocasión. Me ha llamado especialmente la atención uno de esos paneles donde habían plasmado un poco de la esencia de la ciudad: las dos torres del centro histórico que se ven desde casi todos los rincones: la de la catedral y la de la Pontificia. Eran perfectas.
La calle por la que caminaba estaba llena de gente, casi todos turistas. A la legua se sentía el espíritu del guiri que mira a todos los sitios como si no quisiera perserse ningún detalle.
Llegando a la Plaza Mayor se presentaba imponente el gran escenario que han colocado, no hace mucho, con motivo de unos espectáculos que se agrupan en un programa de "Nuevas Tendencias". Todas las calles de la ciudad están, gracias a esto, "decoradas" con una especie de gotas de pintura amarilla, no sé bien si son huellas o si es una imitación de que se hubiera caído un poco de pintura de un bote. A mí me parece la huella amarilla de una rana, que no me extrañaría nada, siendo como es la rana el animal por excelencia de Salamanca. He cruzado la Plaza, que a esa hora, la 1 del mediodía, estaba más llena que nunca. Teniendo en cuenta que las cafeterías de allí son una especie de los cafés tertulianos de la época de Gómez de la Serna, no me extraña que los ganaderos se pocan sus trajes de fiesta y sombreros y decidan tomarse sus Riberas de Duero, acompañados con unas buenas raspas de jamón ibérico de la tierra, mientras se mezclan con otras culturas.
Y allí estaba. Enfrente del Burger King. Después de varios años sin verle, B. sigue tocando el acordeón en la calle, con una gorra junto a él donde cae alguna moneda ocasional. Después de 4 años le sigo viendo igual. Compartíamos las aficiones por los libros, me presentó a "Bloody Mary" y me contó media vida. Gracias a esta amistad, se convirtió en el novio de una amiga mía. Ya por entonces decía que a él lo que más le gustaba era tocar el acordeón: Madrid, París, Londres, Viena, Frankfurt... cualquier túnel de metro era bueno para hacerlo. Siempre le repliqué que se buscara un trabajo del que no dependiera del afecto de la gente. Pero no quería trabajar y, mientras siga viviendo aquí, no lo hará, pues sus padres siempre le darán lo que necesite, aunque les esté partiendo el alma cuando saben que sale a tocar el acordeón por las calles. B. empezó Filología Clásica muchos años antes de que yo llegara a esta ciudad (tiene 4 años más que yo), y al segundo año lo había dejado. Tiene un corazón de oro y eso es lo que hizo que me encariñara con él. Era amigo de mi rollete entonces, gracias al cual nos conocimos. Era novio de una amiga, lo que nos unió mucho más. Se me partía el alma que saliera con el acordeón a la calle a pedir limosna, y siempre se lo dije, al menos que hiciera algo más provechoso. Aparte de esto, también toca el acordeón en una de las tunas de la ciudad, donde no pagan por hacerlo, y a pesar de no haber estudiado en esa Facultad, le admitieron por amistad con uno de los veteranos y porque carecían de acordeonista. También sale de extra en una película, pero no diré el título, porque entonces serían ya muchos datos sobre B.
Cuando volvía a casa, por uno de los laterales de la Plaza, un tío con una bolsa del Corte Inglés, casi en un susurro iba diciendo a todos los transeúntes: "Gafas de sol de marca baratas". Ni siquiera le he mirado. Lo ha dicho tan bajo que apenas le he oído. He visto demasiados maleantes hoy. Es algo inaudito en esta ciudad, bastante segura. Ver esa gente sólo se debe a una razón: demasiados turistas y demasiadas carteras. Me viene a la cabeza que podrían ser carteristas, pues sólo los he visto en las zonas visitadas por los que llegan a esta ciudad procedentes de los lugares más insospechados. Aunque igual no estaban haciendo nada malo, me voy a permitir dudar de esto último.
Volvía a cruzar Gran Vía cuando la mitad de los coches tocaban sus bocinas. Es horrible tanto bocinazo junto. Un coche se había cruzado entre los dos carriles y estaba allí parado. La gente se apoltronaba en las aceras a ver si sacaban algo en claro.
Llegando ya a mi casa los he visto: japoneses con sus aparatos psicodélicos de última generación. No sé que verían en la plaza donde vivo, pero se habían salido de los típicos sitios turísticos. Había cuatro chicas y un chico. Luego me quejo de mi estatura yo, pero el chico era más bajo todavía. Ya es decir.
En fin, esta mañana toda una odisea. No me extraña que después haya dedicado varias horas a una siesta descomunal.
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