
Daban las 11 campanadas en la Plaza Mayor mientras la iba cruzando. Por una vez, tanto R. como yo hemos sido puntuales. Tras un café en el Molly Mallone y una cerveza en el Mesón Cervantes la conversación ha llegado al final. No se puede decir que no tuviéramos ganas de más, sino que cada uno quería irse a su casa, no porque no tuviésemos más ganas de hablar.
Allí se oían pitar a los coches, la gente con banderines negros y blancos y muchos forofos cantando. La Unión Deportiva de Salamanca (U.D.S.) sube y es motivo de celebración.
Cerca de tanta alegría y celebración había alguien con la moral descuartizada. Las lágrimas eran derramadas por doquier, como un maniquí expuesto, contrastando con tanta alegría. Ese busto bañado en mares de sal tartamudeaba al decir algo, tenía un balazo en el estómago, oía sin escuchar murmullos a su alrededor, a veces miraba hacia un punto infinito, inalcanzable para el resto, a veces escuchaba canciones de épocas pasadas que sonaban a lo lejos.
Alguien no participaba en la fiesta charra. Alguien no tenía humor para contemplar más allá. De sus manos temblorosas surgía una copa de cristal, llena de un líquido que ha desaparecido en cuestión de segundos.
Al final de su boca ha salido una frase inteligible: "La vida es una mierda". Y ha vuelto a su mutismo inicial.
Llegarán tiempos mejores. Siempre llegan.
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