miércoles, junio 14, 2006

Tredecafobia



Seguro que si ayer hubiera escrito aquí, simplemente por el hecho de ser martes y trece, hubiera pasado algo con el blog, seguro que me lo cerrarían o no se colgaría el texto. No es que tenga miedo al número trece, pero sí a la mala suerte. Lo miro con respeto. Aunque hace unos años odiaba ese número mucho más que ahora. Espero no tener muy mala suerte estos próximos meses, ya que ayer firmé un contrato de vivienda por un año.
No creo ser supersticiosa. No creo en el horóscopo, ni en la quiromancia, ni en el espiritismo.
He hecho dos veces espiritismo. La primera era el "boom" del cole, donde todo el mundo se dedicaba ha hacer una Ouija de papel. Suena a guasa. A mi grupo de física nos echó la profesora de clase por reírnos de ella. Nos fuimos a los vestuarios de los chicos, que estaban vacíos por estar en horas de clase, y allí nos pusimos a invocar a los espíritus en toda regla. Sólo me acuerdo de una pregunta: "¿Cómo se llama mi abuelo?". No especifiqué, mi abuelo paterno murió cuando yo tenía 4 años. Mi abuelo materno le veo de ciento en viento, y tiene una salud de hierro. Me salió una inicial y adivinó: F. es la inicial de mi abuelo paterno.
Varios años después volví a hacer espiritismo. Fue con una Ouija de verdad, con dos amigos de Salamanca. Uno de ellos preguntó con quién me iba a casar. Y salió un mote de un "amigo" de mi tierra. No estoy muy segura de que mis amigos supieran la existencia de esa persona. Prefiero pensar que sí y que hicieron trampa.
La otra vez, la de la F., me limité a pensar que era obra de mi subconsciente. Evidentemente mis compañeros de física no sabían el nombre de mi difunto abuelo.
Prefiero no creer en esas cosas.
A pesar de todo, odio el número trece.
El 4 de diciembre de 2004 fue nuestra odisea de viaje a Barcelona. A P. y a mí todo nos salió mal desde primeras horas de la mañana: desde que el taxi no vino adonde dijimos, después nos mandaron otro y ya habíamos perdido el tren a Madrid, pero nos montamos de polizones en el de Barcelona directo y el interventor nos echó sin miramientos en Medina del Campo (menos mal que no lo hizo en ese pueblo perdido a 50 km. de Salamanca llamado Cantalapiedra -es la primera parada-), después no nos cambiaron el billete y terminamos cogiendo el bus, y lo primero que dijo el conductor fue: "Ayer llegamos a Barcelona con varias horas de retraso por las bombas que ETA puso en varias gasolineras de la ciudad y hubo retenciones, esperemos que hoy tengamos mejor suerte". Al menos, al final del día la suerte se puso de nuestra parte.
Ese día era 4-12-04; sumando todas sus cifras (04+1+2+2+0+0+4) ¡¡da 13!! Jjaaja como para no odiarlo.
Aunque imagino que si ese día todo nos hubiera salido bien no hubiera buscado una respuesta "plausible" a esa mala suerte.
Dejo el enlace al diccionario de fobias, algunas son demasiado chorras y con otras me da la risa.


Acabo de acordarme de aquella película de adolescentes titulada "Thirteen". En castellano no tradujeron el título original, cosa que no me extraña pues "Trece" como título hollywoodiense suena fatal. En alemán sí que lo tradujeron, pero claro, suena parecido al inglés.
La película va de una mística adolescente que quiere pertenecer al grupo de las "guays" del instituto. Lo consigue, pero aprenderá cosas que antes veía como prohibidas: roba carteras, se droga y conoce el mundo del sexo.
Nunca está de más decir que la única conclusión que saco de esta película es que es muy importante en un joven las compañías que se busca. Es una etapa de cambio, sin duda muy importante, donde ponemos las bases de nuestro futuro. Pero los adolescentes son influenciables, quizás demasiado.
Hace mucho que pasé esa época y no tomé caminos desviados, aunque me rozaron. Fue entonces cuando entré en contacto con las primeras cervezas, con el tabaco y también, cómo no, con los chicos. Miedo dan los adolescentes de ahora. La mía fue otra época. Respetábamos a los mayores. Y el respeto es algo que ahora lo echo en falta en esas juventudes, demasiado adelantadas y susceptibles de cometer más errores en la vida que las generaciones anteriores. Pero no tienen respeto por nada ni por nadie. Es triste, sí.

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