jueves, junio 15, 2006

Esas tormentas de verano...


Siempre me han gustado las tormentas de verano... aunque me dan mucho respeto.
Cuando anochecía estaba todo demasiado grisáceo, había un cielo amarillento que parecía muerto. Cuando se ha echado el negro de la noche encima de los edificios ha empezado. Ha sido una explosión de viento, agua, relámpagos y truenos impresionante.
Como estaba sola en casa me he acojonado de miedo. Me han empezado a entrar unas paranoias muy extrañas sobre si era posible que un rayo entrara en mi ventana atraído por el ordenador y me quemara el pc. Así que lo he apagado, también el flexo de la mesa.
Después me he tumbado en la cama a leer pero veía iluminarse el cielo desde la ventana, escuchaba los estruendos de otras ventanas abiertas que con el bochorno que había era imposible mantenerlas cerradas. A pesar de la lluvia yo la he dejado abierta. He apagado la luz de la lámpara de la mesilla y a tiendas he ido al salón. Allí he abierto el balcón. Caía una riada de agua por la calle, el viento había cesado, pero la tormenta seguía encima. He cerrado y me he sentado en el sofá a contemplar el cielo nocturno, a oscuras y con un miedo increíble.
Acojonada después de ver los relámpagos desde el salón y el consiguiente estruendo me he tumbado en la cama deseando quedarme dormida, aunque no ha sido así.
Después de un rato la tormenta se ha ido alejando, he sentido la frescura de la noche entrar por la ventana. He vuelto al salón, pero esta vez iba dando las luces. Allí he visto que los rayos se habían alejado, y el cielo estaba negro y sin nubes.
El calor bochornoso del verano que todavía no ha entrado ha dado paso a una frescura infinita que se agradece.
Pocos recuerdos tengo de cuando era pequeñita, como casi todo el mundo. Debía tener unos 4 añitos pues todavía vivían mis abuelos. Esa noche había dormido en su casa. Un ruido enloquecedor me había despertado sobre las ocho de la mañana. No sé qué había sido. Empecé a llorar y me vinieron a consolar. Recuerdo el ruido, imposible de olvidar y difícil de describir, aunque no mucho más. Soy consciente de los gritos de alarma en la calle.
Mi tía me llevó a comprar el pan, y entonces lo vi. La torre de la iglesia de mi pueblo yacía desmoronada cortando varias calles. Las piedras de sillería, curiosamente no estaban rotas desde tanta altura, descansaban en el suelo. De la torre sólo se conservaba la mitad y no era más alta que el resto de las casas. Las piedras estuvieron estrelladas en el suelo durante un tiempo.
Varios meses después volvieron a reconstruir la torre. Volvieron a colocar el nido de cigüeñas, aunque éstas no volvieron hasta muchos años después. También pusieron un pararayos.
Ahora hay cigüeñas. Un año volvieron y se quedaron.
Por suerte, al desmoronarse la torre no pilló a nadie debajo.

No hay comentarios: