Me he levantado demasiado pronto, con un hambre atroz. Pero no tenía nada dulce que llevarme al estómago, así que he pensado en el kiosko de abajo. Los kioskos abren temprano porque les dejan los periódicos en la puerta. Imaginaba que a las 7 estaría abierto. Así que me he vestido rápidamente para ir a por unos donuts.
Cuando un rato después he bajado al kiosko me he encontrado con la reja puesta. Y yo con un hambre inmenso. Me hubiera comido la reja a mordiscos. Así que he tenido que ir hasta el 24h., que ahora me pilla más cerca.
En estos dos últimos años, mientras he vivido en la Plaza de San Cristóbal, cada vez que tenía que ir a algún sitio tenía que cruzar el parque pues allí no había tiendas de ningún tipo. El único negocio que había en la misma plaza era un restaurante, donde tuve ocasión de comer una vez. Todo pillaba cerca. He ido muchas veces al kiosko más cercano de Canalejas, donde doña Carmen me tenía preparada la barra de pan de leña, siempre con una sonrisa simpática me saludaba y me daba los buenos días. A las 7 de la mañana abría. A las 9 de la noche cerraba. Daba igual a la hora que fuera, aun siendo mediodía (excepto los domingos) estaba siempre abierto.
Es algo que echaré de menos porque parece ser que aunque tengo un kiosko justo debajo abre mucho más tarde y la tía es una borde, típico carácter seco del que tienen fama los salmantinos.
También tengo enfrente una cafetería, bastante elegante, pero hay un problema: cierra por las tardes.
Menos mal que siempre me quedará el 24h.
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