domingo, junio 18, 2006

El número 69 de Gran Vía


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Paso a menudo por ese edificio y no importa el momento en que lo haga. Siempre vuelvo la mirada hacia las enormes cristaleras. Por el número que lleva y por la atracción que impulsa en mí podría decirse que es algo relacionado con el sexo. Pero no. No es un sex-shop ni una condonería, no es un prostíbulo ni un burdel, no es una casa selecta de señoritas de compañía ni una maison de lujo donde la madame espera clientes para sus muchachas.
Junto a la puerta del número 69 siempre hay gente. No importa que sea de día ni de noche, no importa la hora. Muestran sus condolencias con el resto de personas que les rodean y sus sentimientos están a flor de piel. Muchos lloran, aunque la mayoría tapan los ojos con gafas de sol, excepto por la noche donde todos fuman y fuman sin parar. Imagino que dentro está prohibido. Las personas de la calle van trajeadas y arregladas, pero tienen un color en común: el negro. La gente que hay en la acera del número 69 no es siempre la misma, van cambiando. Un día hay gente mayor, otros días apenas se ve a una familia, incluso hay veces multitudinarias donde en la calle se pasean compungidos cientos de jóvenes que se preguntan: "¿Por qué?".
El número 69 de Gran Vía es una funeraria. Siempre hay gente en la calle. No importa el momento en que pases por allí. Siempre miro y observo aquel tétrico lugar, en medio de la ciudad. No me gustaría estar pasando el dolor que está pasando la gente que hay allí.
Era un domingo triste y nublado, hace más de un año, que me llamó especialmente la atención. Apenas tenía sitio para pasar por los soportales y estaba cayendo un chirimiri de los que parece que no mojan pero calan hasta los huesos. A medida que me iba acercando veía mucha gente, y ya no es que les viera, sino que les oía: gritaban, lloraban en alto y expresaban su angustia en pequeños grupos. Entonces los vi a todos. Los que ese día estaban en la calle eran en su mayoría jóvenes, de 20 a 25 años, no más, y el grupo era numeroso, calculo que un centenar de personas. A los jóvenes nos cuesta mucho más aceptar la muerte, porque todavía no estamos acostumbrados a perder a alguien, ni estamos acostumbrados al vacío que se asienta en nuestro cuerpo en el momento posterior, cuando te das cuenta de que esa persona ya no está. Aquel triste domingo invernal me dio mucha pena pues fui consciente que el fallecido era joven.
Hoy, muchos meses después, bajo este sol que se apodera de todos los poros de mi piel, he vuelto a pasar por allí. Habría unas 15 personas, ya entradas en la edad madura, que susurraban cosas ininteligibles. Hoy me he fijado en el número de la funeraria: el 69. ¡Qué contradicción que un número tan unido al sexo, y por lo tanto a la facultad de dar vida, aquí tenga una connotación totalmente contraria!
La muerte no respeta a nadie. Se lleva por delante, día a día, a un sinfín de personas. La muerte no distingue ni en edad ni en género ni en condición social. La muerte es poderosa porque allá donde su dedo indique allá llevará la tristeza y el dolor, allá dejará el vacío de la persona que se lleva consigo, sin importarle nada más.
El número 69 de Gran Vía está ubicado en mal sitio. Alrededor de ese edificio corre el alcohol a raudales, y no porque los familiares de los fallecidos se tomen una copa para ahogar las penas, sino porque es plena zona de fiesta, y los jóvenes pasan por allí con unos modales demasiado risueños producidos por los efectos etílicos de sus venas... unas maneras que contrastan con la gente apostada en la puerta del número 69.
Las funerarias y los tanatorios deberían estar, igual que el camposanto, fuera de la ciudad. Y no precisamente porque esa gente moleste, su silencio habla por sí mismo en comparación con el alboroto de alrededor. Estos santos lugares deberían estar en un sitio tranquilo, donde nadie moleste a las almas que se van.
La única vez que he acudido a un tanatorio fue en julio de 1999. Era un lugar tranquilo, a las afueras de la ciudad, sin apenas ruido ni tráfico, con amplios jardines para pasear y hablar. Habíamos decidido acompañar a N. y a su familia en ese día tan triste para ellos.
N. es una amiga mía. Tiene un hermano más pequeño. Hace poco habían detectado un cáncer a su madre que no habían pillado a tiempo. Todavía me acuerdo cuando llegué a mi pueblo en fiestas de San Juan, que N. contaba alegre que ese día habían comprado una tarta porque era un día especial: su madre había vuelto del hospital y era motivo de celebración. Pocos días después volvieron a internarla, y ya no regresaría más. Recuerdo cuando N. contaba, calculando el tiempo que su madre estaría fuera: "La van a volver a operar, una semana de recuperación y luego volveremos a tenerla aquí". Eso nunca se cumplió, ojalá se pudieran haber cumplido los vaticinios de N. La esperanza es siempre lo último que se pierde.
El 10 de julio, creo, se fue. Dejó a su familia, a su marido e hijos, a su gente; dejó su pueblo porque no aguantó. Su cuerpo no soportó y en un último soplo su corazón latió por última vez.
Cuando los amigos de N. nos enteramos de la noticia, recuerdo esas caras compungidas, las miradas bajas, las lágrimas que luchaban por salir, la rabia por lo efímera que es esta vida (hoy todavía se me caen las lágrimas al evocar esos momentos), la impotencia de no poder hacer nada. Lo recuerdo como si fuera ayer.
Y fuimos a ver a N., a su hermano y a su padre. N. estaba muy entera, imagino que estaría sedada y supongo que todavía no se había hecho a la idea. Yo no quería ver a su madre, no quería tener presente esa última imagen de ella. Prefería recordarla en vida. Fue tal la insistencia de N. para que entráramos a verla "porque está tan guapa hoy" que no nos quedó más remedio que actuar guiados por sus palabras. Y lloré. Ésa es la única vez que he visto a alguien que ya no está entre nosotros. Y esa imagen perdurará siempre, aunque intente apartarla de mi mente.
En el número 69 de Gran Vía no debería haber una funeraria. Aunque seguiré pasando por allí y seguiré viendo la cara más negra de la tristeza.

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