viernes, junio 16, 2006

Najac

La segunda vez que fui a Francia, varios meses después de haber cumplido 16 añitos, iba con un mapa en francés que me había enviado mi amiga Larissa. Todo aquel año había sacrificado varias horas del sábado por la mañana para aprender el idioma vecino. En el colegio teníamos inglés obligatorio pero no dábamos francés. Siempre me había llamado la atención por el sonido tan sensual y nunca pude acercarme lo suficiente a él, hasta que un día decidí aprenderlo.
Al no poder salir del internado desde el lunes hasta el viernes, mi madre me buscó una recién licenciada en filología francesa, que vivía cerca de mi casa, para que me enseñara mis primeros vocablos.
Un tiempo después me llegó esa entrañable carta. Supuestamente Larissa me había invitado a Rouan, al norte, donde vivía, y que yo conocía por los variados lienzos de Monet en diferentes épocas del día de esa catedral tan espléndida. Ya entonces, mucho antes de estudiar Historia del Arte, me llamaban la atención los pintores impresionistas, desde que viera en un suplemento dominical de un periódico de aquella época un reportaje sobre Cézanne (considerado neoimpresionista).
En la carta me cambiaron los planes puesto que la familia de Larissa tomaría sus vacaciones en un pueblecito cerca de Toulousse, en el Aveyron francés. Me enviaba el mapa para que supiera dónde se ubicaba exactamente. Era un punto más en el mapa, no me decía nada, aunque sí era consciente de que comparado con los pueblos de alrededor, marcados con círculos más grandes, debía ser bastante pequeño.
Y fui. Era un pueblo exótico por la disposición de sus casas, que se asentaban a lo largo de la cima de una colina, entre dos o tres calles, que terminaban en el castillo, que estaba en ruinas; no quedaba nada del interior, sólo los muros exteriores.
Caminar por las calles de Najac, por esas pendientes que subían y bajaban sin parar, entre los balcones llenos de flores de todos los colores, entre las rústicas casitas cercanas a las de los cuentos infantiles, con ese cielo estival despejado era un lujo que no se podía desperdiciar.
Mientras, las tardes las pasábamos en el valle, donde estaba la casa veraniega, junto a muchas otras del mismo estilo. Dábamos dos pasos y nos sumergíamos en un profundo río, que en diversas zonas estaba dotado de aguas turbulentas, aguas aprovechadas por los amantes de las canoas-kayac que veíamos pasar frecuentemente.
Era un lugar turístico sin igual, invitaba al descanso, y estaba rodeado de espesos bosques, gracias a los cuales parecía que estábamos perdidos en medio de la selva más tupida y donde la mano del hombre no ha dejado su huella durante siglos.
Stephone era de Albert, cerca del canal de La Mancha. Pasaba las vacaciones con sus tíos, mientras en el norte sus padres firmaban los papeles del divorcio. Tenía mi edad. Era rubio de ojos claros, ahora me resulta imposible hacer un mínimo bosquejo de sus rasgos faciales (han pasado muchos años, aunque debo tener una foto de carnet de él en algún sitio). No era guapo, aunque tampoco feo. Sus tíos habían alquilado la casa vecina y, por tanto, era fácil encontrarse con él, bien en el río, bien mientras leía El Arca de Schindler (el libro de la famosa película de Steven Spielberg) a la sombra de los árboles, o mientras en cada atardecer observaba el lejano castillo, levemente alumbrado entre las sombras que se nos echaban encima.
No le había visto. Apenas chapurreaba el francés y me costaba construir una frase coherente. No controlaba los verbos, aunque tenía mucho vocabulario aprendido. Pero en un idioma es necesario saberse las conjugaciones verbales, y más en el francés, que en ese sentido es muy parecido al castellano.
Llevaba dos días allí. Estaba sentada en la orilla del río, con la ropa puesta, pero descalza, con los pies sumergidos en las cristalinas aguas. Miraba pasar las canoas, observaba el paisaje. De repente oí voces a mi lado, una conversación en francés de la que no entendía ni papa, pero que sin duda iba dirigida a mí, o al menos fue una manera de llamar mi atención. Un hombre hablaba con un joven de más o menos mi edad, me miraba y luego le miraba a él. Supongo que le estaba diciendo que hablara conmigo. Los mensajes implícitos son los que mejor se entienden. No hace falta conocer un idioma para leer en los gestos humanos lo que se está diciendo. El muchacho miraba hacia abajo, tímido supongo, y de vez en cuando me observaba de reojo. Entonces me quedé mirándoles y esbocé una sonrisa. El hombre me dijo algo en francés, a lo que le respondí: "Je ne comprend pas". Y fue él quien empezó a chapurrear castellano: "¿Española? ¿Italiana?". A lo que le contesté: "Espagnole". De repente le dio una palmada al muchacho en la espalda y se fue.
Nos miramos, cortados. No podíamos entendernos, ni en castellano ni en francés. Así que recurrí al idioma más utilizado: "Do you speak English?". Él asintió y ya decidió acercarse, sentándose a mi lado. Hablamos durante un rato, siempre en inglés.
No sabía dónde estarían Larissa ni su hermana pequeña, porque hacía un rato que se habían ido a hacer cosas, si no recuerdo mal, los típicos libros para verano que todos hemos tenido alguna vez, a los que ellas dedicaban varias horas diarias.
Pero Larissa no tardó en llegar. Supongo que me veía que ya había hecho un amigo, varón, y encima como éramos pocos los jóvenes en aquella zona, nunca estaba de más conocer gente. Para entonces yo ya sabía que estudiaba en el instituto, su edad, que tenía novia, que vivía al norte de Francia y que se llamaba Stephone. Claro que al llegar Larissa se me acabó el chollo porque ella se puso a hablar en francés con él. Me sentí excluida, aparte de que si para ellos era más cómodo, para mí era una situación bastante incómoda, teniendo en cuenta que yo había conocido a mi amiga en Inglaterra el verano anterior mientras estudiábamos inglés.
No importaba. Yo escuchaba el rumor de sus voces que me llegaban al oído carentes de sentido. Aunque a Stephone no le interesaba lo que le decía ella, ya que de vez en cuando volvía al inglés para preguntarme algo. Poco después la madre de Larissa nos llamaba para cenar. Nos despedimos y recuerdo perfectamente esa mirada fija en mí, como si quisiera decirme algo más. Larissa me cogía de la manga para que acudiéramos a la casa. Así que atiné a decir un "Au revoir" antes de empezar a caminar sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
Seguimos hablando los días posteriores, aunque Larissa siempre estaba presente. Mis momentos íntimos fumando un cigarro a escondidas se convirtieron en momentos compartidos con Stephone, cuyos tíos tampoco sabían de su vicio. Igual que yo, llevaba poco tiempo fumando. A veces no decíamos nada, aunque nos gustaba esa compañía mutua.
A pesar de tener novia él y de que yo estaba locamente enamorada, después de dos años, de mi primer amor, había una atracción física muy fuerte. Era consciente de que a él no le gustaba la presencia de Larissa, que a pesar de tener sólo un año menos, parecía mucho más joven. Sé que tampoco le gustaba porque adorábamos estar a solas, sin compartir esos silencios con una tercera persona.
Lentamente pasaron los días, y las dos semanas de mi estancia en Francia, llegaban a su fin. La víspera de coger el avión en Toulousse de vuelta a Madrid estuve esperando a que Larissa desapareciera. Como no lo hacía, nos intercambiamos las direcciones delante de ella. A él no le quedó más remedio que dársela a Larissa también. Aunque sé que nunca tuvo contacto con ella. En cambio, yo conservo sus cartas llenas de ilusiones y esperanzas: su sueño de venir a conocer España, el día que varios meses después de aquel verano me comentaba que había dejado a su novia, me habló de su primer día de trabajo, me contó que le gustaría repetir ese verano, me decía que le gustaría volver a verme, me explicó que había probado una bebida de procedencia española llamada "kalimotxo" (le contesté qué llevaba exactamente). Poco a poco las cartas fueron cesando, hasta perder definitivamente todo el contacto. Siempre lo puedo retomar de nuevo. Igual ya está casado y tiene niños. Es posible que ya no viva en la dirección que me dio. Seguro que es feliz a pesar de que nunca más volvimos a vernos.
Los recuerdos de aquel verano son demasiado especiales. No hubo besos, pues era aquella época donde empiezas a experimentar los primeros escarceos amorosos, pero quizás fue mejor así. Ahora añoro aquellos momentos silenciosos junto a él, y me hacen pensar en aquel verano como en uno de los mejores veranos de mi vida.

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