Hoy ha llegado algo que no me esperaba. Sinceramente lo esperaba mañana, pero desde que a la una ha llegado un repartidor preguntando por mí, me he sentido flotando. Le he mirado, he observado el paquete y sabía que ahí estaba mi iPad. No veía por abrir la caja y ponerme a investigar.
A eso de la una, he descolgado el router de la pared, pero la WiFi no me iba, quizás ha sido porque en vez de poner la clave he escrito el código de barras, que más tarde me he dado cuenta. Después he dejado el router colgando porque no había manera de que volviera a ponerse en su sitio.
Así que he ido al bar de enfrente, que sé que es Zona WiFi, pero la persona que estaba tras la barra no recordaba la contraseña y, por más que ha hecho veinte llamadas, no ha conseguido darme la contraseña y yo seguía sin conectarme a internet. A las dos y media, estaba en el despacho de mi hermano, allí es donde me he dado cuenta de que en la oficina había puesto mal la contraseña. Quería quedarme con esa clave, puesto que tendré WiFi cada vez que me encuentre en la cafetería de debajo.
El técnico de Telefónica, al que he llamado para que se pasara a colgarme de nuevo el router, se ha portado genial. Lo que es conocer a la gente. Así que finalmente he conseguido poner las claves de tres router inalámbricos en el iPad, el tercero en casa. Eso quiere decir que, por el momento, no es necesario que me dé de alta con el adsl, porque al final siempre voy a tener internet.
Toda la gente que ha visto mi iPad se ha quedado anonadado, incluidos mis padres, que el aparato solo nos ha ubicado en el número exacto y la calle donde vivimos.
Es un vicio, tiene demasiadas aplicaciones, tanto de pago como gratuitas. Es obvio que encabezan la lista los documentos para escritura, que están muy diseñados, ya que me separa por capítulos, títulos, lugares, personajes... Personalmente prefiero que no separe nada.
Lo más impresionante es que está personalizado. En la parte de atrás, junto a la manzana de Apple, hay dos líneas a láser: en la de arriba pone mi nombre, en la de debajo: "Y los sueños... sueños son". No podía ser de otra manera.
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