Esta tarde he ido a la ermita. Había dos personas y se encontraban en el interior. Como había sol, aunque hiciera tanto frío, prefería pasar un rato allí, paseando por la mullida yerba bajo los árboles, tirándole una pelota al perro, mientras el atardecer anaranjado me observaba al fondo.
Al recordarlo, aún siento el frío que se ha adueñado de mis dedos insensibles cuando me encontraba allí.
Durante un momento me he quedado leyendo la inscripción que se ubica junto al árbol que más historia tiene de Carrasquedo. Nunca me había fijado. Ni siquiera sabía el nombre de la clase de árbol: Pinsapo de Carrasquedo, de unos trescientos años, un árbol singular de La Rioja. Como no podía ser menos, también tiene su leyenda. Cuenta el boca a boca desde ancestras generaciones que allí se apareció la Virgen de Carrasquedo a unos habitantes del pueblo y por eso se construyó allí la ermita homónima.
Hace unos años cayó un árbol que hirió de una manera terrible parte de la corteza y de la copa, de ahí que en la actualidad esté algo ajado por un lado. La gente pensaba que iba a morir, pero el árbol sobrevivió. Quizás sea porque en sí mismo tiene una magia indescriptible. Ese árbol es parte de la ermita.
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