Desde anoche tengo un nudo en el estómago. Sé que son nervios porque hoy podría encontrarme con él. Llegaba a Santo Domingo a la una del mediodía. Me he quedado hablando con alguien y entonces le he visto pasar. Desconozco si él me ha visto a mí, lo cierto es que no ha mirado, aunque yo he saludado. ¿Qué ha ocurrido entonces? He sentido que sonreía inexplicablemente. Nervios, sí, pero también felicidad por volverle a ver, aunque haya sido durante una ráfaga breve de segundos.
¿Qué me da él que no me da nadie más?
Me da palo saber que podré encontrarme con él en cualquier momento. Al principio, que me conozco, me ruborizaré, miraré para otro lado, intentaré calmarme y luego le saludaré como si no ocurriera nada. Todo esto en cuestión de segundos.
Me han comentado si nos vamos a Logroño esta noche. Una parte de mí dice que sí, pero en el fondo sé que no me iré, que me quedaré porque un deseo más fuerte anhela ese encuentro con él.
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