No sólo le estoy evitando yo, él también me evita a mí. Como dos panolis nos evitamos, hasta que, en el momento menos pensado, nos crucemos de nuevo.
Es cierto que ojos que no ven... corazón que no siente. Es terrible pensar así, aunque es cierto que muchas veces me obligo a no pensar en él, aunque el recuerdo del roce de su piel está demasiado presente aún.
Sé que él me evita porque ya no aparca donde siempre. Sé que yo le evito porque voy a tomar el café una hora antes.
A veces los recuerdos me parecen que son irreales, como si en realidad no hubiera ocurrido nada, como si yo jamás me hubiera lanzado a sus brazos, como si las confidencias fueran fruto de la imaginación. Pero sé que ocurrió, sé que nos dijimos cientos de cosas, sé cómo es el roce de su barba y echo de menos esa mirada angelical.
Al menos, por mi parte he intentado romper el hielo. Por la suya me llega el silencio. Demasiado terrible para pensar en ello.
Al menos, por mi parte he intentado romper el hielo. Por la suya me llega el silencio. Demasiado terrible para pensar en ello.
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